Únete a los optimistas.
- Fernando Helguera

- hace 15 minutos
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¡Siéntete triunfador!

Durante la semana tuve que ir a Querétaro a dar de alta el registro patronal de una de mis empresas, pues soy el representante legal y mi contador apoderado está en la CDMX. Recordé aquella canción de 1990 “Únete a los optimistas”, así que la puse en mi celular y me arranqué con toda la actitud. Por favor pónganla mientras leen este texto. El tránsito y la estacionada salieron sin el menor percance. Lo normal, los automovilistas de Querétaro aún no saben que sus autos ya no tienen cuatro patas, pero con paciencia y ecuanimidad, pasan. Me bajé del auto y caminé por un deportivo al aire libre, extenso y lleno de árboles, en donde olía a drenaje de forma sostenida.
Había una cola inmensa para entrar; mi teléfono cantaba “No queremos volar y tenemos alas”, eso era una señal, me brinqué toda la cola hasta el la recepción. Como tengo el cabello muy largo y lo llevaba suelto, el hombre del mostrador se distrajo de atender a la mujer en turno y, callado, me miró fijamente; “en nosotros palpita el mismo universo, si pudiéramos despertar nuestro gran poder interior”, esta frase me hizo sentir poderoso, así que decidido le dije que tenía un propósito patronal y una cita por internet que no tenía igual. Sin chistar me dio un turno y los de la fila ni siquiera se quejaron, eso no era colarse así nomás, era algo más poderoso y triunfador. Pasé a la gran sala, llena de sillas todas ocupadas, para esperar mi turno.
Me incomodó el hecho de que las filas de sillas estuvieran tan pegadas, porque no había otra opción que quedar apuntando las nalgas al rostro de alguien, a escasos centímetros, o voltearse y apuntar el frente. “Únete a los optimistas, confía en ti mismo, ámate mucho” y en eso se levantó un hombre dejando el lugar disponible, crucé la mirada con un joven que estaba más cerca que yo y ambos pegamos un brinco, “nuuunca pierdas la feeeee”, jamás imaginó que yo tendría el poder de brincar más ágilmente y caer sentado sin apachurrar a nadie, de pura confianza en mí mismo.
En muy poco tiempo tocó mi número coincidiendo con la estrofa “siéntete triunfadoooor”, así que ya se imaginarán la actitud y sonrisa con que me planté ante la señorita de la ventanilla. Ante su sorpresa de ver a alguien que “ponía entusiasmo, ponía alegría”, en vez de ponerle una jetota, me solicitó todos mis papeles en el orden que pedía la solicitud. Como era nueva no supo distinguir el acta de la empresa, de mi poder legal como representante y me dijo -joven (a mi edad) tendrá que regresar otro día con los documentos completos-. “Haz brillar de nuevo el Sooool”, y entonces llamé por teléfono al instante a mi contador, quien me dijo en dónde de los folders estaba cada cosa, así que “paso a paso, día con día” le mostré cada hoja y se quedó pasmada.
De pronto puso cara de suspicacia y dijo: usted trae su pasaporte y solicitamos su credencial del INE. Respondí que como identificación era más importante el pasaporte, pero en silencio señaló con su lápiz el renglón donde decía INE del apoderado legal y copia. Saqué mi credencial pero de ella no traía copia, misma que no estaba dispuesta a sacar en su flamante copiadora. Va a tener que regresar otro día con los documentos completos, joven (a mi edad). “Si quisiéramos perdonaaar, si nos lanzáramos a volaaaar” y salí volando sobre el mundo de sillas a buscar una copiadora en las oficinas aledañas, dejando en su escritorio todos mis documentos esparcidos, y hasta mi cartera debajo de ellos, mientras la señorita me gritaba -¡joven (a mi edad), no se puede ir así!-.
“Nuuunca pierdas la feeeee”, abrí una puerta de varias y una secretaria me vio tan radiante que de inmediato me ayudó. Hizo la copia por ambos lados, muy eficiente, sin quitarme el ojo de encima y también por ambos lados. Volé de vuelta con mi verduga, “con alegría haz brillar de nuevo el Soool”, y aterricé limpiamente. Oiga, su registro del SAT dice arquitectura y en el IMSS lo tenemos como construcción, va a tener que venir otro día, joven (a mi edad). “Pon alegría para una vida mejoooor”, así que le dije que llamara al jefe de la oficina, ante su nueva sorpresa, pues no estaba segura si me iba a quejar o lo iba a agarrar a besos y abrazos. Frente a la disyuntiva decidió que mejor ella lo haría y me daría en ese momento mi documento sellado. Habiendo cumplido mi cometido me pude retirar triunfal después de “despertar nuestro gran poder interior”.



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