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Hablando de tus miedos...

  • Foto del escritor: Fernando Helguera
    Fernando Helguera
  • hace 4 días
  • 3 min de lectura

Pues ahora, ya no.


Hoy el temor es un sentimiento muy extendido en el planeta. Recientemente estuve en una encrucijada porque tenía todo listo para ir a un lugar que, de pronto, se vio avecinado por una guerra. Allá no pasa nada con referencia a tal guerra, pero aquí la gente dice cosas como “te vas a meter en problemas”, “es demasiado arriesgado”, “¿y si no puedes regresar?”, “¡qué miedo!”… De buena fe se preocupan por uno, pero intoxican el pensamiento, repitiendo lo que dicen los noticieros. Afortunadamente hicimos caso omiso y la experiencia fue todo lo contrario a lo que los noticieros y las redes sociales prometían. La verdad nunca fue un buen negocio.

Lo peor de todo esto es que uno ya sufrió aunque después no pase nada. Los más temerosos se defenderán diciendo que el miedo es natural, e instinto de supervivencia, pero estoy hablando de algo muy diferente. El miedo es una emoción básica, por ejemplo, usted reprueba la mitad de las materias y su mamá no lo sabe, pero ya le toca darle la boleta a firmar. Eso es tangible, su vida está por terminar; no tendrá perdón aun si reencarna durante diez generaciones, y ese miedo lo transforma en un gran falsificador; así hará fortunas durante su vida. Pura supervivencia.

El temor no es una emoción, es un sentimiento… lleva una carga psicológica posterior y sucede sólo en la mente: pocas veces se materializa. El temor es muy oscuro. Imagine que tiene un hijo que quiere ir a una fiesta con un amigo maleante que se fuma hasta las cortinas. Le prohíbe ir pero su hijo se escapa con todo y auto. Primero está la preocupación de no le suceda nada, pero el temor se vuelve enojo y siembra una semilla en el pensamiento, y se imagina a su hijo tras las rejas en el momento en que le abren porque usted fue a rescatarlo. La frase final: “te lo dije”.

El temor nos lleva a desconfiar de todos. Cierto día, una amiga hacía las compras en el súper mercado. En los dentífricos tomó un par de productos, los echó al carrito y siguió su recorrido. Un hombre, también con carrito en manos, la comenzó a seguir, fue a las escobas y luego a las botanas, cada vez más rápido. Mientras más aceleraba, más el hombre se acercaba. Por la pescadería se detuvo en seco y le pegó un grito “¡Por qué me está siguiendo, viejo pendejo!” a lo que el hombre, avergonzado, dijo: “perdón, señora, ese es mi carrito y le traigo el suyo, ¿me lo cambia por favor?”.

¿O qué tal el temor a perder lo que ya se tiene? Eso nos puede traer pérdidas mayores. Mi mujer fue al banco y recibió un turno lejano al que estaban atendiendo. Con cara de fastidio y tristeza comentó “no puede ser, este calor me está haciendo sentir mal” y se fue a sentar en la única silla disponible. Poco después se acercó la empleada: “tenga, le cambio por un turno preferente”, pero como estaba distraída le contestó secamente que no, gracias, que ¡cómo que quería cambiarle su lugar y hacerla esperar más! La señorita se ofendió y dio media vuelta al momento que las palabras resonaban en la cabeza de mi mujer. “Perdón señorita, me confundí, sí cámbiemelo” pero la empleada le contestó “pues ahora ya no” y se fue a su lugar. Al final se compadeció y se lo cambió.

Por el contrario, cuando uno no teme las cosas salen mejor. Unos compadres, en la adolescencia, iban en su carro y los paró un policía, quien se acercó a las ventanilla del conductor. Como todas estaban cerradas, adentro había una nube densa de humo. Abrió un filito la ventana y preguntó qué se le ofrecía: “joven, aquí huele muy mal”, sí oficial, es que vengo malo del estómago y me urge llegar a un baño. “No joven, no se haga, aquí huele a hierba”, ¡lo que pasa es que soy vegetariano! El oficial, sin parar de reír, los dejó ir sin pagar ninguna consecuencia.

Estimados lectores, tenemos que ser sinceros, “vivir con temor es vivir a medias”. El temor nos arrodilla; desde el kínder me enseñaron que “más vale morir de pie que vivir arrodillado”. El temor occidental no ha sucedido en todas las culturas de la historia, y podría venir de dar demasiada importancia a nuestra vida, pero no hay que dársela, de todos modos no vamos a salir vivos de ella.


 
 
 

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