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Hablando de oír visiones...

  • Foto del escritor: Fernando Helguera
    Fernando Helguera
  • hace 7 minutos
  • 3 min de lectura

Anda, ven y causame unos traumas.


Ayer comía unas quesadillas buenísimas como las que sólo se pueden encontrar en el mercado de alimentos de Coyoacán, con uno de mis más queridos amigos. Me decía que cuenta con la gran ventaja de tener diferentes trastornos y condiciones psicológicas, pues unas tapan a las otras: su déficit de atención tapa la hiperactividad, su hiperactividad disimula el autismo grado uno, su autismo grado uno esconde sus altas capacidades, y sus altas capacidades ocultan su déficit de atención, de esa manera puede vivir seguro, pues la gente sólo piensa “¡éste ha de ser mariguano!”.

Ya que los trastornos psicológicos han adquirido aire de glamour y sofisticación, pues se han romantizado a través del cine, del internet y de novelas escritas, donde erróneamente se les asocia con la genialidad, la rebeldía o el talento artístico, sería fácil decirle que no los esconda y mejor haga uso de las ventajas que aportan. Siendo sinceros, es desastroso que nuestra sociedad banalice algo tan serio mientras le da importancia a lo que menos la tiene y pueden suceder cosas muy graves.

Les platico un caso que me pasó hace unas semanas: Me desperté un domingo y me encontré con varios mensajes del hijo de una clienta para quien hicimos una casa en el campo abierto, y hoy la administramos (a la casa, no ala clienta). Describía mensaje tras mensaje, a lo largo de horas, cómo repentinamente oyó ruidos y música, y al asomarse a las cámaras de seguridad encontró afuera un grupo de personas haciendo una celebración con algo parecida a un ritual. Había un par de patrullas y una camioneta de la guarda nacional, apagadas, y adentro de una patrulla había gente teniendo sexo; bebían y de pronto echaron unos tiros al aire. Se puso más atemorizado al escuchar pasos en la azotea. Luego, una mujer con varios tatuajes, al notar que estaban siendo observados por las cámaras, se acercó para mostrar un cráneo humano e insultar a quien los estuviera viendo. El joven se encerró en su cuarto a piedra y lodo. Cuando desperté lo primero que hice fue buscar a su madre, que se encuentra en el extranjero, y luego rescatar de las cámaras las imágenes y videos para enviarlas a la policía y comenzar la investigación. Una vez habiendo revisado el disco duro se me helaron los huesos, me di cuenta de que nada había sucedido. Todo estaba en su mente. Hablé con él y me mandó imágenes fijas de lo ocurrido, pero se molestó mucho cuando le dije que yo sólo veía el campo vacío donde él decía ver varios uniformados en un aquelarre.

No es relevante cómo se manejó el asunto después, pero sí el hecho del gran sufrimiento que vive la gente que tiene trastornos mentales y que la sociedad usa tan sólo como un producto más de consumo. Ahora todo mundo resulta tener algún trastorno de los 300 o 400 tipos que existen, según la vertiente psicológica que los estudie, pero la realidad es que cuando mucho el 30% de los individuos los sufren. Algunos son un problema hoy pero antes fueron indispensables, por ejemplo, el autismo grado uno: cuando la humanidad estaba en sus albores y éramos cazadores-recolectores, los individuos que tenían la capacidad de conjeturar las ideas revolucionarias que nos salvaron de la extinción, eran este tipo de autistas. Había que ver perspectivas diferentes, inusitadas, para no sucumbir ante una naturaleza extremadamente hostil.

No hay que menospreciar la existencia y el daño de estos trastornos, pero tampoco hay que etiquetar fácilmente y con eso disculpar los comportamientos que, como sociedad y como padres, estamos provocando y que deberían evitarse. Es una línea muy delgada y difícil de distinguir. En dado caso, si ya estamos en el camino de democratizar los trastornos psicológicos, busquemos la oportunidad que cada uno nos ofrece. Podemos poner el cuerno a nuestras parejas, repetidamente, y aclarar que al ser narcisistas no podemos evitarlo, o robar dinero y tranzar a gente que confía en nosotros y argumentar que somos cleptómanos. ¿Y qué tal actuar agresivamente, según esto en defensa propia, causando graves daños físicos y luego explicar que somos paranoicos? También podríamos, si no nos va eso de andar haciendo cosas feas a los demás, dedicarnos a crear trastornos bajo diseño y que sean ellos los que hagan el trabajo sucio, nosotros nomás cobramos la consulta y les causamos los traumas que despierten uno que otro brote psicótico. ¿Algún apuntado?


 
 
 

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