Hablando de goleadores y gladiadores...
- Fernando Helguera
- hace 13 horas
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Cómo han cambiado nuestros héroes...

Si bien la idea no es nueva, en este mundial más que nunca, se ha hecho la alusión a los jugadores de fut, como si fueran nuestros grandes gladiadores de hoy. En primera línea es fácil entender por qué, pero si profundizamos un poco o un mucho, ya las líneas se difuminan y el discurso se mira turbio. Me permito ponerme en modo conspiracionista para que esto que están por leer salga más creíble, aunque menos comprobable; pero eso no importa, pues la forma predomina ante la sustancia… ¿o no es esa la línea de comunicación actual que la gente aceptamos?
El circo romano fue el más extendido en Europa, África y medio oriente, durante siglos, así como hoy el circo más extendido es el del fútbol. Los gladiadores representaban a los héroes del pueblo que surgían del pueblo, sin esa línea divisoria que existía con los soldados aun cuando ellos también venían del pueblo. Los gladiadores eran cercanos, al igual que hoy los futbolistas, y por eso el éxito rotundo; cualquiera se identifica más fácilmente con el número 10 que con el general Allende. ¿O acaso se ve usted, querido lector, lectora, pegando de gritos y cambiando playeras con el Gral. Ricardo Trevilla? Si ni siquiera sabemos quién es (Secretario de la Defensa Nacional y gran héroe en la campaña contra el narcotráfico, con múltiples reconocimientos a su heroicidad).
Así entonces, un futbolista o un gladiador cumplen un papel muy importante como representantes de los logros que, siendo esclavos del sistema, alcanzan en nombre de todos nosotros, simples mortales, también esclavos del sistema. Hasta aquí la cosa es muy bonita, pero cambia cuando observamos quiénes somos hoy en comparación a los espectadores del pasado. Imaginemos que somos un fanático que ve a su gladiador preferido destrozando las costillas de un León enorme, estamos gritando desaforados porque se salvó por un pelito de que le masticara el brazo. En eso se acerca por detrás otro gladiador con la intención de meterle la espada en el muslo, pero por falla de cálculo sólo alcanza a hacerlo tropezar por un leve golpe en la espinilla ¿qué pensaríamos si nuestro héroe se avienta al piso y hace un drama esperando a que el emperador saque la tarjeta roja?, ¿qué pensaría el león que se desangra, tumbado con la cabeza de lado, al ser esa la última imagen de su vida?, ¿acaso el gladiador que cometió la falta se le pondría al brinco al emperador? Hoy nos indignamos en contra del agresor, pero en el pasado cualquiera se hubiera bajado a la arena y con la propia mano arranca la cabeza a su antes héroe, por dramático.
Algo importante es que, si bien somos una sociedad de carácter más blando que el de las sociedades de hace siglos, no todo es nuestra culpa como individuos. Crecimos en un sistema que nos quita poder metódica y crónicamente. Nos han restado, incluso, la libertad de seguir a nuestras propias raíces. Por ejemplo, en “La historia verdadera de la Nueva España” capítulo CXXVIII, Bernal Díaz del Castillo narra cómo en la mal llamada “Noche Triste”, los españoles huían mientras los mexicas les gritaban “¡oh, oh, oh, cuilones!”, lo cual significa, literalmente, “¡putos, putos, putos!”, pero ¿qué pasa si hoy en el estadio nos ponemos a gritar eso? Nos sancionan y no sé cuánto más, al grado de que tenemos que gritar ¡patos! Como si habláramos de la familia del Pato Merlín.
¿De qué otra forma se van a comportar nuestros goleadores si no tienen la presión de que algún aficionado se meta a la cancha a darle un par de bofetadas, por estar haciendo drama en el cómodo pastito? Creo que la comparación con los gladiadores está un poco sobrada, más bien habríamos de compararlos con modelos de pasarela, que sin duda es un circo que también mueve cantidades enormes de dinero, e idiotiza a la gente muy eficazmente.
Ahora, no nos sintamos desahuciados, pues aún hay posibilidades de revertir este efecto ablandador y entrarle a lo macho, como ponerles navajas afiladas a los zapatos de los futbolistas, sacrificar a los perdedores, o que las tarjetas rojas y amarillas sean papeles blancos que el árbitro deba colorear con la sangre o la bilis de los jugadores ahí en tiempo real. ¿En qué momento paramos de sacar corazones y aventar gente a los leones, para mejor hacer “la ola” o fingir que remamos en barcos? Si queremos circo real tendremos que, seriamente, empezar por nuestra persona.