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  • Fernando Helguera

NUESTROS VERIFICENTROS

Actualizado: 6 de ene de 2020

La limpieza y purificación ante todo.


Ayer al poco tiempo de levantarme llegó a mis oídos una voz milagrosa, emitida desde una radio: Era el último día para verificar mi automóvil. En tiempo récord realicé el ritual acostumbrado; aseo, vestimenta, desayuno, equipamiento y vámonos.

Durante el camino, a ratos inmerso en las emisiones de gas carbónico provocadas por el transporte público y de carga principalmente, se fortalecía mi virtuosismo cívico; seguiría siendo parte de los humanos que evitan contaminar a través de su medio de transporte, no como quienes andan a caballo o burro, transportes que mientras caminan defecan.

El verificentro es, para quien no lo sabe, el templo donde los automóviles periódicamente confiesan sus pecados y compran la indulgencia. De esta forma salen frescos a circular nuevamente sabiendo que, hagan lo que hagan, ahí podrán regresar a cerciorarse de que los espíritus de sus motores sean ejemplares, tanto que merezcan su estrellita en la frente.

Como era de esperarse me encontré con la gran multitud que siempre deja los trámites para el último momento, sin embargo y para mi sorpresa, era una muchedumbre muy civilizada. En la zona de espera resaltaba un lugar vacío con el signo azul y blanco de discapacitados, donde quien sea que llegue en silla de ruedas puede sentarse. Resulta muy incongruente, porque no hay dónde estacionar la segunda para trasladarse a la primera, ya que se encuentra entre dos sillas para gente con total movilidad, y no al extremo de la línea. Siendo un templo para autos, se perdona.

Para la divinidad de los autos todos son iguales, y así podemos ver un auto destartalado que cuesta menos que su seguro anual contra daños a terceros (el más barato disponible en el mercado), junto a un deportivo que cuesta lo que una familia entera no ganará en toda su vida, y que curiosamente cuenta con una póliza del mismo costo que la anterior. ¿Cómo sé este detalle? Porque dos de estos autos que se ven una sola vez en la existencia, chocaron ahí dentro y los ajustadores cometieron la indiscreción de ventilar dicho dato frente a todos los presentes.

En el gran galerón había un único árbol, una hermosa jacaranda que era obviamente ignorada, ya que todas las personas dirigían su atención al teléfono móvil en sus manos, o a los autos en su proceso de purificación. Me senté en una piedra bajo la sombra de la fronda para hacerle compañía. Viendo el escenario del grupo de autómatas, inevitablemente mi pensamiento recayó en los tiempos irrecuperables, cuando la gente convivía con desconocidos en estos lugares; por consecuencia invité a una señora cercana para sentarse en la piedra de mi lado derecho.

Una vez en posición la desconocida extrajo un libro de su bolsa, hecho inusual que me puso de buenas, hasta que le pregunté (como un caballero defensor de la sociabilización) de qué trataba; era la biblia y me explicó que ella se había convertido al cristianismo; en pocos segundos me había hablado de las principales 33 desventajas del feminismo y de la oportunidad que tenía yo de salvar mi alma pero sólo si me afiliaba a su religión; saqué mi telefonillo sin ningún empacho por ignorarla como jacaranda, y me refugié en la pantalla como todos los demás. Santa indiferencia.

El espacio de la música inexistente, era ocupado por el olor a tortas y fritangas que los más precavidos llevaban. Noté que cuando menos nueve décimos de la concurrencia pertenecíamos al género masculino; mi corazón dio un vuelco por la posibilidad de que arribara un contingente en contra de esta acto discriminatorio, impidiéndome realizar el trámite y obligándome a una multa.

Otra voz milagrosa apareció en mi cabeza: los dueños de estos templos son gente de privilegios sociales y económicos, que pueden acabar con cualquier disturbio en minutos con tal de que sus intereses no se vean afectados. Con tranquilidad concluyó mi larga espera y pudimos, mi auto y yo, salir de ahí con la consciencia transparente para pecar otros seis meses.

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