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  • Fernando Helguera

ACAPULCO EN LA AZOTEA

Le muevo la panza por un peso.

Poco a poco, día a día en un recorrido que implica todo un año, la época de vacaciones por excelencia ha llegado. Ese momento en el que podemos ir a las playas y disfrutar el espectáculo de playeras mojadas, versión familiar por supuesto, así como deleitarnos con esos alimentos que nos darán enormes motivaciones para inscribirnos al gimnasio la segunda semana de enero, dejando de ir la primera de febrero.


Pero no nos adelantemos ahora que tenemos esa oportunidad de tirarnos en un camastro y planear los propósitos de año nuevo. ¿Que por qué estos propósitos no duran más que el tiempo que tomamos para formularlos? Sencillo: ¡son de año nuevo!, se acaba el día de año nuevo, se acaban los propósitos asociados a él. Continuar con ellos sería más o menos como seguir engullendo doce uvas todos los días del año, a las doce de la noche. Bueno, hay otra razón ¿cuáles son los propósitos típicos de año nuevo?, adelgazar, para lo cual se requiere una dieta estricta y correr millones de kilómetros; dejar los vicios que tanto placer nos dan en la vida; encontrar a nuestra alma gemela, a quien darle explicaciones de lo que hacemos y por qué lo hacemos; trabajar más para hacer mucho dinero y entonces poder viajar por el mundo, luego de pagar más impuestos, de tener más miedo a perderlo, y de correr más riesgo de ser secuestrados o asaltados, pasar más tiempo con esas personas a las que usualmente no pelamos todo el año, cosa que hacemos de seguro por razones de peso… si en realidad quisiéramos pasar más tiempo con ellos encontraríamos la manera. Nomás de pensar en esto se le atraganta a uno el camastro y hasta la sombrilla ¿no es así, estimado lector?


Habiendo escupido el camastro es mejor dedicarnos a cosas más atractivas, como a ver esos cuerpos esculturales en traje de baño, tomarnos unas cubas, ignorar a los escuincles que tanta lata dan con que los cubramos de arena, sobarnos ese vientre que tanto tiempo nos ha tomado construir, o simplemente poner la mente en blanco y hacer nada mientras comemos botanas en automático. ¡Para eso son nuestras merecidas vacaciones! ¿o me equivoco? ¿o no nos han convencido de que vacacionar es un asunto de méritos obtenidos?


Resulta que la única manera de no sentirnos culpables si estamos inmersos durante horas en lo que implica la inmortalidad del cangrejo, es habiendo trabajado arduamente. Vemos con malos ojos a aquellos que tienen el dinero para vacacionar sin haberlo trabajado, y estamos dispuestos a etiquetarlos con frases como “su dinero ha de salir del narco”, “seguro es hijo de papi”, “ha de ser un bueno para nada”, o cosas por el estilo. La verdad es que la envidia nos corroe, pero no por el dinero que los otros puedan tener, sino porque no nos hemos dado cuenta de que vacacionar es un derecho que tenemos de nacimiento, y que no tenemos que trabajar ni medio duro para ganárnoslo. ¿Que no tenemos dinero para viajar? Acapulco en la azotea, claro está. Podemos ver los cuerpos de los vecinos de las otras azoteas, tomarnos unas cubas, ignorar a los escuincles con eso de que ayudemos en la tarea, rascarnos la barriga para la cuál sí que se necesitan méritos, y comer botana con la mente en blanco. No hacerlo porque no estamos en la playa sólo demuestra que somos muy aspiracionistas.


Bien, ya les he dado todas las herramientas que necesitan para disfrutar de sus vacaciones, así que no dejen que alguien les estropee el momento. Apaguen su teléfono y dejen a su patrón haciendo la rabieta porque le dejaron la chamba a medias. Háganse los que la virgen les habla. Coman a placer todo tipo de porquerías y emborráchense lo suficiente para no saber si ya decidieron sus propósitos de año nuevo o no. Entréguense al pecado pero no a la penitencia que conlleva, que esa es para los perdedores. Si sus papás les dicen que no me hagan caso, obviamente, ignórenlos que ya están ustedes grandecitos como para seguir atemorizados por su enojo ante la falta de obedecimiento.


El tiempo es corto y todo se acaba, incluso las Obviedades Ignoradas tienen un fin y no sabemos cuándo nos tomará por sorpresa. Los que decidan sufrir porque se convencieron de que ese es el camino del triunfo y el éxito, es muy válido, pero no quieran contagiar a quienes han decidido el gozo como camino de desarrollo, pues ellos, generalmente, no se van a preocupar por su sufrimiento y respetarán el hecho de que ustedes sigan la filosofía del masoquismo. Por ahora yo aprovecho para irme a vacacionar, a ver qué vecina salió a asolearse en la azotea, y así dejarlos en sus respectivas actividades, que seguro se las merecen.

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