Hablando del 8 de marzo...
- Fernando Helguera

- hace 2 días
- 3 Min. de lectura
La vida con salsa roja es mejor.

El domingo estaba en un restaurante por disfrutar un desayuno en compañía de mi mujer, y con todas las ganas de celebrarla. Llegaron nuestros huevos motuleños y enfrijoladas veracruzanas y, antes de empezar, le dije con la voz que me caracteriza (parece que de chiquito me tragué un locutor de radio) lo muy feliz que me hacía estar con ella y festejarla con alegría.
De forma increíble y entrometida se levantó una señora de unos 30 años y se dirigió apresurada a nuestra mesa como si la hubiéramos llamado. Cuando se detuvo entre nuestras sillas tenía la cara roja y trabada, por lo que imaginé que se estaba ahogando de la enchilada que se acababa de poner… le ofrecí el salero (es por más sabido que la sal quita lo enchilado en dos o tres minutos, a diferencia de las bebidas frías, que dan alivio inmediato pero no impiden que regrese el ardor y siga durante un largo rato). Me miró desconcertada y me habló muy groseramente preguntando si me parecía bien banalizar el esfuerzo de tantas mujeres que habían dado la vida al sistema patriarcal, siendo ellas el verdadero motor de la sociedad. Iba a contestarle amablemente pero no me dejó, atropellándose al decir que “en el día de la mujer no hay nada que festejar” y que si algo quería hacer por las mujeres, que mejor me fuera a guardar a mi casa y me lamentara por la deuda histórica que me toca pagar, pues es enorme.
Mi mujer trató de decir algo a la susodicha pero, desde otra mesa, se acercó un hombre interrumpiendo y le dijo que no disculpara al patán ese que estaba a su lado (o sea, yo), pues era evidente que con alguien así la vida debería ser miserable, y que estaba él también para apoyarla y poner un “hasta aquí” a tanto abuso. Siendo sincero, el hombre me dio la impresión de actuar así para no recibir un par de cachetadas de su mujer al llegar a casa, por machista y pusilánime.
Ya todo el restaurante me miraba como a enviado del SAT para cobrarles sus impuestos. Con voz firme hablé hacia todos, reafirmando que mi felicidad era genuina por tener a esa gran mujer conmigo y le agradecía todo lo que había hecho por mí, y que nadie podría impedirme felicitarla por el día de… varias voces se alzaron y me impidieron terminar la frase. “¡Claro, esta pobre lavando tu ropa sucia, haciéndote de comer, cuidando a los niños que le enjaretaste por no hacerte la vasectomía, violador!”, “Cínico, se quiere hacer el buenito pero esto no se queda así, ahora mismo llamo a la policía y lo acuso de violencia familiar”, “Por eso estamos como estamos, ¡por hombres que no aceptan su fragilidad, y que las mujeres somos más que ellos!”.
Así siguieron unos minutos en los que yo ya no oía lo que decían, pues me invadió la tristeza al ver cómo mis enfrijoladas mostraban ondas líneas de erosión por la resequedad y el enfriamiento. Mi mujer posó su mano sobre mi brazo, cosa que festejaron los concurrentes, pues para ese momento ya todos estaban participando en el altercado que ellos mismos organizaron, diciendo que ella era una santa y yo poco menos que un marrano.
De entre la gente, que hablaba cosas raras con “x”, con “@” y con “e”, salió una pequeña con su pastel de postre y lo puso directo a la mesa entre nosotros dos. La gente calló. Le pregunté si quería cantar las mañanitas a mi mujer y contestó que sí, y me preguntó por qué la gente no quería dejarnos festejarla, a lo que levanté los hombros como única respuesta; todos se sonrojaron de vergüenza. Para aliviarlos empecé a cantar “Estas soooon las mañaniiiiitas que cantaaaaba el Rey Daviiiiid…” con voz de tenor que opacó a todos los que dijeron “mañanites”, y así se unieron al festejo como buenos mexicanos que gustan de dar abrazo a la cumpleañera. El gerente, muy amable, nos llevó platos nuevos que pudimos desayunar como es debido. Querido lector, ya lo pensé bien, al siguiente cumpleaños de mi mujer llegaré cantando las mañanitas por anticipado para evitar que la gente que no tiene otra cosa que hacer, en vez de agredir, festeje.



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