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  • Fernando Helguera

CARTA A SANTA CLOS

Santa Clos al desnudo.

Hacía tiempo mientras me recibía la dermatóloga y de las revistas a disposición, que generalmente tienen meses o años apiladas en la sala de espera, obtuve una nuevecita. En ella había una gran oferta de regalos navideños de esos que Santa no está dispuesto a regalar, ya sea porque son muy caros, o porque no nos hemos portado lo suficientemente bien. Me vino al pecho un sentimiento de frustración provocada por el introyecto que, desde la infancia, nos es machacado con respecto a lo que podemos obtener de acuerdo con nuestro desempeño moral. Es contradictorio, aceptémoslo antes de seguir enseñando esto a los pequeños.


Recuerdo que en mi niñez quise un juego de pistolas de fulminantes, para proteger a mi madre y a mi hermana de los ataques de los cheroquis que veía en las caricaturas del Llanero Solitario. Todavía no había caído en cuenta de que Toro, su fiel compañero, era una suerte de Malinche que traicionaba a su pueblo y además seguramente se acostaba con el invasor. Bueno, no nos andemos por las ramas en este desierto de cactus que da más para asuntos espinosos. Para que Santa me trajera el regalo tenía que haberme portado bien de forma genuina, o podría él descubrir la falsedad en mi letra temblorosa. Fui un ejemplo de virtuosismo: me bañé diario, saqué buenas calificaciones, no dije groserías, fui casto, no consumí alcohol ni estupefacientes, y no deseé a la mujer de mi prójimo. ¡El premio llegó! Ahí estaban las armas asesinas que saciarían mi sed de sangre, pero... ¿Acaso no está muy mal ir por ahí matando indígenas? ¿Me porté bien para acabar siendo un maldito?


Bien, Santa, en su ejemplo de pulcritud moral, hace de los pequeñuelos asesinos en potencia. De haberme portado muy mal me habría traído nada, es decir que podría yo haber experimentado la lucidez que da la carencia y la austeridad. Cuando nos alejamos de los bienes materiales, el afán de posesión y acumulación, y las ganas de controlar a otros por medio de nuestro poder económico, entonces somos mucho mejores seres humanos.


La trampa está al descubierto pero nadie la quiere ver. Es una vieja y muy efectiva táctica la de esconder las cosas a plena vista. A partir de este momento, en el que no me molestaba la espera porque me senté al lado de una ventana que me bañaba del calor y la luz solar, mi visión del mundo cambió radicalmente. Dejé la revista en su lugar y saqué mi cuaderno y bolígrafo, los que siempre me acompañan, para hacer mi carta a Santa Clos. Todavía estaba a tiempo, faltaba más de una semana.


¿Cómo escribir una carta que no me hiciera caer en la trampa? Primero que todo, era importante aplicar un poco de cinismo y dejar de lado la importancia de haberme portado bien durante el año. No quiero decir que me haya portado mal ni tampoco negarlo, simplemente se trata de que me valga cacahuates de a montón. Habiendo pasado la primera barrera, la del introyecto del virtuosismo, que es francamente difícil si se ha de pasar de manera sincera, me encontré con la barrera de la gama de cosas que pueden caber en un trineo. Pedir un kayak y un terreno al lado del lago, dónde poner un muelle, podría complicar las cosas. Dando un giro de tuerca a mi pensamiento, pero sobre todo a mis deseos, me vino la idea de pedir mejor aquello que los otros no se atreven a desear a vivas voces. Las cosas que la hipocresía cobija tiernamente.


Escribí mi carta sin querer agradar a Santa; siendo él un profesional de su materia se limitaría a entregar los regalos aunque no le gusten. Eso sí, me aseguré de que ningún regalo pudiera traer mayores consecuencias que acabar con la vida de centenares de indígenas. Transcribo para ustedes, mi carta:


“Querido Santa:


Este año obedecí muy bien a papá gobierno y a mamá sociedad, por lo que te pido me concedas tres regalos. No es nada pesado, ni difícil para ti y tus duendes. Tan sólo te pido que hagas sufrir el próximo año a quienes no les caigo bien, también que dejes en la miseria a todos los que me han tranzado, y que los que no están de acuerdo con mi manera de pensar, vean la incapacidad intelectual que los embarga, y que permanezcan en la tristeza que les provoque.


¡Muchas gracias y feliz Navidad!”


Me tocó pasar justo cuando doblaba la carta, así que la coloqué en el arbolito a mi paso hacia el consultorio. Estoy seguro, queridos lectores, de que Santa no es de esos que regala este tipo de cosas, por lo que podré ser una mejor persona el año entrante, al seguir trabajando en “la humildad y el perdón”.

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