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  • Fernando Helguera

NUESTROS MUERTITOS

Morir de forma que nos hagan un altar.

El 1 de noviembre es, quizás, el día más significativo de nuestra tradición; nos distingue profundamente de cualquier otro país del mundo. Hay (pocos) quienes aún lo viven de forma introspectiva, compartiendo en familia mientras platican con sus difuntos las mejores anécdotas, comiendo y bebiendo, frente a altares ofrendados a estas visitas. También hay (muchos) que lo viven de fiesta, viendo exposiciones y catrinas espectaculares, estilo Disney, disfrazados, sintiendo lo mismo que cantando mariachi en fiestas patrias, en la Basílica el 12 de diciembre, o viendo un partido de “la sele”. El altar, en este segundo caso, es primo hermano del árbol de navidad.


Ninguna de las dos formas es mejor, el problema sería creer que se hace una cosa cuando, en realidad, se hace la otra. Muchos reniegan de que en los altares y en las calles, se vean brujas sobre escobas, calabazas con velas dentro, sábanas cubriendo espíritus, o escenas de terror. Es cierto, gracias a la ligereza con que hoy vivimos, estas cosas pasan y la mayoría ni siquiera lo nota. Con decorar sus casas al estilo altar y salir a pedir dulces, son felices. ¡Bravo, en el siglo XXI es fácil conseguir momentos felices! ¿Tiene esto algo de malo? Claro que no. Una cosa nada más, hacer piñatas en estas fechas es un extremo que sí ofende, en caso de querer hacerlas que sea con la consciencia de la transgresión; no aparentemos deficiencia mental.


El sincretismo ha sido un proceso perenne del homo sapiens, y la mezcla de Halloween con el Día de Muertos es sólo otra de sus manifestaciones. Aunque no nos guste, nos visitan de la Otra Dimensión, del Más Allá, del Cielo y del Infierno, de Ultratumba, del Mictlán, y de un montón de lugares más; el mexicano es conocido por su hospitalidad, dejemos de hacer corajes, de creernos muy orgullosos y conocedores de nuestra tradición, y abramos los brazos a todos ellos.


No entiendo por qué nuestra convivencia con la muerte causa sorpresa a las personas de otros países del mundo. ¡Todos tienen sus propios difuntos! Los meseros recogen sus muertos, los constructores hacen muertos de concreto, los fisicoculturistas cargan pesos muertos, los urbanistas diseñan “dead ends”, los conductores manejan en punto muerto, los letrados estudian lenguas muertas, los oficinistas alimentan a su archivo muerto, los deportistas nadan de muertito, y a todos, absolutamente a todos, en cierto momento les ha cargado el muerto algún mosca muerta.


¿O es que los extranjeros también quieren recibir a nuestros vecinos de dimensión? Tengo algunas ideas para sus festejos: Alemania, reciban a sus muertitos en bunkers, ya tienen la ambientación perfecta; China, podrían fusilarse unos altares y reproducirlos por millones con flor de zen pa xu ching; EUA, háganles un gran show, como si no existiera otro país en el mundo; Australia y Canadá, ofrézcanles visas de trabajo; Argentina, que les toquen chacareras y les aseguren que “no hay drama”; Egipto, que saquen las momias y les propongan el juego de “encuentra tu cuerpo ancestral”; en Venezuela, bueno, en Cuba, bueno, creo que ahí sí no va a haber cómo, pues corren el riesgo de que ya no los dejen salir, y yo no quiero ser el responsable. Si no les gustan mis propuestas, que se pongan pilas y sean creativos, que se inventen algo y ya dejen de meterse con los muertitos mexicanos, que eran tan felices antes de volverse producto de consumo mundial.


Seré sincero, poco me importa que se crea que hago las Obviedades Ignoradas en mis tiempos muertos, si comparto lo siguiente es de forma altruista y no por ensalzar mi proceso creativo. Tuve una revelación anoche: Cuando nos vamos a la tumba, sólo nos llevamos lo que escribimos. Con esos pensamientos tendremos que pasar el resto de la eternidad, así que mejor que sea algo interesante y divertido, y sobre todo que no sea pesado, pues La Divinidad podría mandarnos de regreso a una nueva reencarnación, con el riesgo de caer en cualquier otro país que no sea México, donde nadie nos tenga puesto un bellísimo altar.

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