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  • Fernando Helguera

NUESTROS DESPERDICIOS

De que se eche a perder, a que me haga daño...


Vengo saliendo de un “restaurante” que me dejó profundamente sorprendido ante la calidad de los alimentos que me sirvieron. Hoy en día ir a comer fuera es poco común, por lo que esperaba una experiencia más agradable que la vivida. Después de percibir la cantidad de olores del lugar, no puedo más que escribir mi experiencia mientras todavía no aparezca el filtro de la memoria, o el de los prejuicios. Todo lo que ahí se servía parecía ser desperdicio, por lo que, a pesar del hambre que me martirizaba, mi organismo se negó a comerlo.


Como método de defensa, quizás, me vinieron imágenes de la niñez, así como de todas las etapas de mi vida, en las se hizo manifiesto que el desperdicio es una forma de culpa que se inculca a los mexicanos. La avalancha de recuerdos trajo la siguiente pregunta: ¿Qué sería de nosotros si no se hubiera inventado el alambre? De seguro el ingenioso artífice fue paisano nuestro. Gracias a este sencillo artilugio podemos evitar el desperdicio de muebles, electrodomésticos, automóviles, mascotas, e incluso relaciones maritales, que presentan problemas aparentemente sin solución.


Recuerdo a mi amiga Dolores que, con sólo mostrar un alambre a su marido (quien intentaba serle infiel), e indicándole dónde pensaba colocarlo, logró sacar adelante una relación que ahora tiene una historia de casi treinta años. No pensaba desperdiciar su tiempo con un hombre que no la acompañase hasta la tumba.


Así como no estamos dispuestos a desperdiciar nuestro tiempo, los muebles viejos, la ropa de la adolescencia, o todo tipo de envases vacíos, deberíamos considerar nuestros desperdicios corporales. ¿Qué sucede con aquello que depositamos en el inodoro?, ¿asumimos que desaparecerá por arte de magia, o quizás como víctimas de la abducción extraterrestre? Con todas las fórmulas de educación que caracterizan al mexicano, deberíamos ser capaces de asomarnos, cuando menos, y decir adiós a lo que alguna vez fue parte de nuestro ser, antes de “jalarle”.


Afortunadamente en la modernidad que nos acoge, se han puesto de moda muchos métodos para reducir el uso de objetos, reutilizarlos, reciclarlos y/o recuperarlos; nuestro planeta, después de haberse sentido desahuciado, comienza a ver una nueva luz en el horizonte. En el presente existen vasos desechables comestibles, mientras se prohíbe el uso de plásticos de un solo uso en los diferentes rincones del mundo.


Hace poco me enteré de un descubrimiento insólito: En muchos casos en la actualidad, nuestros cuerpos, por la gran cantidad de conservadores que consumimos, ya no se descomponen al morir; ya no se desperdician. Lo anterior nos abre miles de posibilidades para evitar la industria contaminante; podemos usarlos de maniquíes, muñecos de pruebas de seguridad automovilística, robots de señalización vial, e incluso podemos aumentar la productividad del país, si los usamos para cuidar salones donde los alumnos presentan un examen. Mientras tanto los profesores pueden hacer algo más interesante y provechoso, como planear un nuevo método de tortura estudiantil.


Seamos creativos y dejemos los escrúpulos de lado, podrían usarse de pisapapeles, dobles de cine, o hasta para sentarlos en el congreso ocupando los asientos de los diputados que finalmente van a quedarse dormidos y no hacen cosa alguna. ¿Se imaginan el ahorro en sueldos?


No cabe duda de que el ingenio del mexicano podrá llegar mucho más lejos que los desperdicios que genera la sociedad de consumo, y no sólo por nuestra inventiva carga genética, sino también por nuestra sabiduría ancestral. Agradezco que mi abuela no me haya acompañado hoy al restaurante, pues recuerdo su enseñanza: “M’ijito, hay dos cosas que uno NUNCA debe desperdiciar, los alimentos y la palabra, así que cómase su sopa y deje de decir pendejadas.” De seguro me habría obligado a comerme todo lo que acabo de dejar en el plato.

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