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  • Fernando Helguera

NUESTROS DESEOS

Te cuidado con lo que deseas, porque te será dado.


En una vídeo conferencia entre amigos, hace un par de días, hablamos del año nuevo y nuestros deseos para el 2020. Siendo sincero, desear de forma que tus deseos se transformen en propósitos de año nuevo, me parece una costumbre simplona, débil y sometedora.


Desear, según los budistas, sólo trae sufrimiento. Pero no va por ahí. Más bien, esperarse a dejar de fumar, comer mal, beber, y/o cualquier costumbre negativa ¿hasta el primero de enero? Es decir ¿por qué esperar al año nuevo para empezar un cambio? (eso sí, a partir del 7 de enero, o del 3 de febrero, por aquello de la rosca y los tamalitos). Cuando se quiere algo se hace y ya.


Si lo pensamos desde las teorías conspiratorias, todo es un plan para el control de masas. Seamos fríos: ¿Quién en este mundo puede al ritmo de doce segundos, campanada tras campanada, además de comerse doce uvas, generar doce deseos diferentes, pensarlos claramente, poner la intención emocional correcta, y sostenerlos durante todo el año? Analicemos las posibilidades.


Primer escenario: nos distraemos pensando 12 deseos, nos atragantamos con la séptima uva (además traen semillas) y morimos asfixiados. Los presentes no terminan sus campanadas y quedan traumados de por vida, cada año recordando nuestro rostro amoratado, confundido. Así los sobrevivientes se vuelven seres manipulables y temerosos, listos para ser esclavos del sistema.


Segundo escenario: llevamos una lista de deseos previamente hecha, y practicamos desde el 15 de septiembre con las campanadas de Palacio Nacional, para comer uvas a toda velocidad sin correr riesgos mientras engullimos. El problema: no pusimos la intención necesaria por lo que nunca se cumplirán. Terminamos cumpliendo los deseos de los dueños del orden mundial.


Tercer escenario: contratamos un grupo de maestros meditadores que, segundo a segundo, campana por campana, ponen una muy firme intención en los deseos de la lista, que están escritos en primera persona. Mientras tanto nosotros comemos las uvas con la maestría que nos trajo la práctica antes mencionada. Nos damos cuenta de que estas personas nos despojaron de nuestros deseos y al entender que se les cumplirán a ellos, nos deprimimos, asumimos que esa lonja estará con nosotros otro año, y seguimos consumiendo la chatarra que nos inyectan los reptilianos.


Cuarto escenario: consumimos las uvas de forma práctica, tragándolas cual píldoras, evitando el masticado. Los manuales no lo prohíben, como tampoco hacer jugo las doce uvas y tomarlas de “hidalgo”. Ya que nuestra sociedad es fundamentalmente puritana (el cambio causa miedo), llegado el momento, no distraen con reclamos. Todos quedamos, entonces, a merced de los poderes fácticos que desearon precisamente que no podamos otra cosa que seguir su voluntad.


Quinto escenario: Todo funcionó de maravilla y para el 2020 deseamos con toda la intención y puntualidad, cosas como: adonde vayamos en semana santa, estar solos con la familia; no trabajar tanto; convivir más con la pareja e hijos; no perder tiempo en el tránsito; que el ecosistema se recupere; no gastar tanto; hacer más ejercicio; no verle diario la mala cara al jefe; tomar menos cerveza; levantarnos más tarde; pintar, tocar guitarra, o hacer cualquier actividad de las que pensamos que sólo se pueden en la jubilación; finalmente, que nuestra vida cambie radicalmente.


Deseamos con tanta fuerza y presteza que todo nos fue concedido. Eso y más se cumple desde nuestro encierro, donde finalmente somos seres más controlables, inofensivos, y dispuestos a creer que la comunicación digital puede sustituir a la comunicación en persona e incluso mejorarla. Creemos que desde la comodidad de nuestro hogar vamos a cambiar al mundo, y entonces acabamos siendo lo seres pasivos, borreguiles y controlables, que el sistema siempre deseó.

Al final pareciera que lo mejor es seguir el consejo budista, y dejar de desear para concentrarnos en nuestro momento presente, y así no ser víctimas del Gran hermano.

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