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  • Fernando Helguera

NUESTROS DEMONIOS

Vade retro Satana

Dando vueltas sin rumbo me di con la sorpresa de que se quedaron por acá, desde el 31 de octubre, unos cuantos demonios. Digo que no se fueron, nunca dije que ese día llegaron; llevan con nosotros mucho más tiempo del que nos gustaría aceptar, además no lo neguemos, son bastante más simpáticos que nosotros mismos. ¿Cómo es que tuve tal encuentro? su pregunta no es algo que me quite el sueño, así que se quedarán con la duda. Prefiero dedicar estas limitadas, más no limitantes letras, a esos seres que nos dan sentido, y no a desvaríos metafísicos de mi propio ser. Para entendernos pongo el ejemplo de todas las colonias de bacterias que habitan nuestro cuerpo, y sin las cuales no podríamos vivir. En algunos casos se reproducen sin control y entonces nos enferman, pero si pretendemos erradicarlas, pretendemos morir. Así nuestros demonios.


¿Quién de los presentes no se regodea en las acciones de sus demonios, mientras busca cómo no ser responsable de ellas, ni de ellos? Lo único por lo que podría buscar la total inhabilitación de mi sistema demoniaco, es librarme de culpas y pecados, y así poder arrojar pedradas a todo el que se me antoje, sin restricciones. No se espanten, lo anterior es sólo retórica, pues en realidad no es esa mi pretensión (mis demonios ya se agarran a pedradas entre ellos, todo el tiempo, sin yo poder evitarlo), sólo quiero despertar un poco a sus propios demonios antes de seguir.


Hay demonios ocultos como el que nos lleva frente al espejo en las mañanas, y nos muestra esas condiciones físicas tan lejos del estereotipo de belleza; nos ve meter la panza, mostrar nuestro mejor ángulo, levantar la papada y cerrar la boca para no empañar nuestro reflejo con el primer aliento matutino. ¿Hay alguna duda de que es más simpático este demonio que nuestras personas?


Los hay extrovertidos, como los que requieren un convertible, o cuando menos un quemacocos, para asomar la cabeza en tanto nosotros llevamos la nuestra dentro del auto para manejarlo. Ellos que nos inflan el pecho o nos empujan hacia atrás las nalgas si pasa alguien que nos gusta, ellos que nos meten ideas que se transforman en presunciones de nuestras carencias. Ellos son los más sinceros, por el uso que hacen de nuestra propia voluntad para seguir existiendo.


¿Y qué me dicen de aquellos que siembran nuestros antojos? Que nos hablan al oído para comer sin límite, para desear a la pareja de quien está a nuestro lado, para voltear a ver lo que otro tiene que nosotros no, esos que, sentaditos en nuestro hombro dominante, rezan las oraciones que somos tan dados a creer que nos hacen libres. Tales demonios son mis preferidos, pues despiertan el lado hedonista, que tan juzgado ha sido por los grupos de envidiosos reprimidos.


Con confianza de acertar, pienso que los demonios más exitosos son los que administran nuestro miedo, los que nos hacen gastar fortunas en médicos y abogados. Los que nos hacen correr kilómetros, quizás para llegar cuanto antes a la fuente de la juventud, quizás para impedir ser alcanzados por el anquilosamiento de la edad. Son ellos los que nos mantienen leyendo, esperanzados de encontrar respuestas a las preguntas que ni siquiera nos atrevemos a hacernos.


He de aceptar que en un caso sí me caen muy mal, cuando nos corrompen para dar mordida o buscar privilegios como colarse en las filas. Hacer esas cosas está mal a lo grande, y toda razón que pretextemos es debilidad nuestra. Estos demonios nos dejan solos con nuestro ser corrupto.


Simpaticones como son, se divierten y así nos dan motivos para el desarrollo personal, pero aquí entre nosotros, me parece que son financiados por el gremio de profesionales de la psicología y escritores de libros de autoayuda. De hoy en adelante mejor tomaré rumbos sin vueltas, para ir derechito a los clubs de demonios donde prohíben la entrada a uniformados, encuerados, hombres, mujeres, niños, mayores de edad, y todos aquellos que puedan estar relacionados con la especie humana, pues en esos antros es donde uno se la pasa mejor.

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