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  • Fernando Helguera

NUESTROS CAMBIOS

La otra cara de la moneda


Hoy domingo es el primer día en mi nueva casa. Esta es la mudanza número 18, y he efectuado otras 7 de forma parcial, para mi hija mayor (incluyendo una a Argentina). Les aseguro: por grande que sea la cantidad, uno nunca se acostumbra. Varias de esas casas atestiguaron mi vida compartida con cuatro mujeres, de las cuales me esposé con tres. En lo personal pienso que tampoco a eso se acostumbra uno… ni a casarse, ni a separarse. Uno cambia de trabajo, de casa o ciudad, de pareja, de forma de pensar ¿Acaso el cambio es un fracaso?


Para los temerosos, muchos cambios demuestran inestabilidad. Pienso que la estabilidad fundamental está en el espíritu de cambio y en la experimentación de lo nuevo. Hay dos verdades que se pueden decir con tranquilidad, la primera, “una persona nunca cambia”, la segunda, “una persona cambia todos los días de su vida”. Si les inquieta que ambas verdades sean antagónicas, y aun así auténticas, la solución la tendrá su analista, pues aquí sólo vinimos a pasar el rato.


Llegó el momento de la pregunta fundamental: ¿Cuándo dejo de ser yo?, ¿cuando cambio o cuando no cambio? Doy por hecho que soy una versión parcial de mí mismo mientras no muera (cuando lo haga estaré terminado, en todos los sentidos de la palabra), entonces dejaré de ser yo al parar de cambiar por el simple hecho de que estoy muerto. Sólo puedo ser yo, cuando dejo de serlo. Lo sé, es inmoral plantear paradojas en domingo, pero ni modo, ya está hecho.


Por otro lado, los cambios nos llevan a convertirnos en personas muy diferentes. Algunos dirán que ya no soy yo, aunque pasee mi nombre por la vida, pretendiendo ser el mismo. Llevamos, del nacimiento a la tumba, un nombre que no dice quiénes somos, sino quiénes quieren nuestros padres que seamos. Propongo que el registro civil permita el cambio de nombre cada vez que lo requiramos, usando nuestra firma digital en la página web, sin costo. Diariamente de ser necesario.


¿Es un problema avisarles a todos nuestros conocidos cada vez? Queda claro que, si nos llaman por alguno de los nombres anteriores, debemos ignorarlos bajo riesgo de pasar por majaderos… Para eso se inventaron NUESTROS APODOS (leerlo en este mismo blog). El chaparro será chaparro toda la vida, así como el güero, güero, pues hay cosas que nunca cambian.


Es muy común (afortunadamente para mi ego), que las personas que no he visto en mucho tiempo digan algo como “¡No has cambiado nada!”. Lo podría tomar como un halago a mi estado de conservación, sin embargo, de inmediato dudo de si me estarán diciendo que soy un muertazo con el que sólo se puede hablar de la época en que nos conocimos, o ni siquiera.


También es muy común en la actualidad que la gente diga que “decreta” el cambio. Recordemos que el decreto implica una decisión unilateral, que no contempla la participación o consenso… Pero nuestros cambios se dan dentro del proceso de un sistema llamado Universo.


Una amiga, durante el desayuno que compartimos un día de esta semana, “decretó” que tendría un maravilloso día; estaba harta de hacer corajes diarios con la gente. Acto seguido, llegó el mesero a dejar sus huevos divorciados con apariencia de chilaquiles verdes. Lo regañó de tal manera que el hombre no sabía si llevarse el plato, echárselo encima, o llamar al 911. Evitando que le trajeran un nuevo platillo con un escupitajo incluido, le cedí mi desayuno (pedimos lo mismo) y me comí los chilaquiles. Y si en vez de decretar un buen día, ¿simplemente se lo arma en el momento?


Ya fue suficiente. El cambio apremia en esta vida, y no importa si eso me hace ser quien soy o me hace dejar de serlo; me retiro a planear cómo voy a conseguir a mi cuarta exesposa, buscaré en internet una nueva casa, y buscaré a mis padres para avisarles que, la siguiente vez que me vean, tendrán que llamarme por un nuevo nombre, acorde con quien soy éste domingo: Plácido.

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