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  • Fernando Helguera

NUESTROS BOLSILLOS

Siempre podemos ver las cosas de otra manera.

A una semana de que se cumplan dos meses en mi “Confinamiento Relativo” (leer NUESTRO CONFINAMIENTO), muchas han sido las opiniones que me han contado sobre aquello que les preocupa más del tema que hoy aqueja al mundo entero. Hace tan sólo días no estaba seguro de si era el temor al contagio o a la bancarrota, lo que más hace mella sobre la psique de las personas; hoy sé la respuesta. No quiero sonar insensible, pero se ha demostrado que la probabilidad de morir por el contagio apunta a una pequeñísima fracción de la humanidad, así como la de empobrecer apunta a una gran parte.


Recuerdo la sabia frase que mi hermano Bruno me dijo una vez que me encontraba en severa crisis económica: “Mi Fer, tú tranquilo ¿El problema es el dinero? No hay dinero, no hay problema”. No podría haber sido más verídico. Recordemos que el dinero es un mito con el valor que le damos y nada más. Pero no quiero desviarme demasiado del tema, pues sé que en domingo (incluso de confinamiento) hay cosas más interesantes qué hacer que estar leyendo esto.


Estamos aquí para hablar de nuestros bolsillos y no del dinero. No me deslindo de la expectativa que he creado en ustedes: no por dejar de creer en el mito del dinero nuestros acreedores desaparecerán; ellos nunca son un mito. La frase de Bruno cobra sentido si pensamos en el bolsillo y no en lo que quisiéramos tener dentro. Con el uso que demos a nuestros bolsillos podríamos vivir de forma respetable, abundante, o cuando menos no morir de inanición.


Supongamos que vamos caminando por la calle (con tapabocas por favor, debidamente colocado), y en este mundo ideal no hay policías que nos lleven presos por no quedarnos en casa. Nos encontramos de frente, al dar vuelta en una esquina, con una persona que lleva las manos en los bolsillos. Aunque está a sana distancia, nos sorprende. Esta persona, que es un poco amenazante ya que obviamente ignoramos lo que tiene entre manos, nos reta a adivinar qué hay en sus bolsillos y, de hacerlo, ganaremos un dinerito al instante. Nos pide que no desperdiciemos nuestra única oportunidad, pues sí hay algo además de sus manos. Notamos que es artista de calle y está haciendo su chamba.


Ahora, ¿ya imaginaron qué puede tener? ¿es lo mismo en ambos bolsillos? Accedemos ante su ofrecimiento de darnos una pista: saca las manos volteando la tela hacia afuera y luego nos muestra las palmas vacías. Adentro de los bolsillos al revés hay algo que antes sostenía para que no cayera por las perneras. Es decir, de no acceder a que nos diera una pista, y de haber dicho que no había cosa alguna, habríamos atinado. Lo que está ahora en los bolsillos estaba entre las piernas y el pantalón. Nos está manipulando. Ahora tratamos de descifrar, por la forma, el contenido.


¿Me siguen hasta aquí? No sabemos qué es, pero pesa a juzgar por la caída de la tela; no es voluminoso. ¿Estamos seguros de que no es algo radiactivo? ¿O podrían ser los huesos de un gato que halló en la jardinera que está a sus espaldas, justo antes del encuentro? Podría ser cualquier cosa, pero mientras siga ahí será sólo lo que queramos imaginar. Tendrá sólo el valor que le demos.


Trataremos de adivinar (lo más posible es perder), pero hay otra opción: agradecerle que nos quitó la preocupación y la negatividad. Nos divirtió un rato despertando nuestra creatividad; le damos el último billete que nos queda. Decimos adiós y seguimos caminando; pasamos al lado de la jardinera y vemos entre las plantas una osamenta de gato a la que le falta el cráneo. A un lado una cartera sin identificaciones y con suficiente dinero para hacer la compra de la semana. Volteamos y nos guiña un ojo, sonríe, y da la vuelta a la esquina para caminar por el camino por donde nosotros veníamos. Ahora que no vemos más a la persona ¿me podrían decir si era mujer u hombre y qué edad le calcularon? Siempre depende de cómo queramos verlo.

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