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  • Fernando Helguera

NUESTRO MINISTERIO PUBLICO

Actualizado: 4 de jul de 2020

La calidad del servicio público va en aumento.


Como les comenté la semana pasada, para mi infortunio, hace algún tiempo mi identidad fue robada. Se compraron bienes y servicios, se otorgaron créditos de automóviles, y se utilizaron tarjetas de crédito a nombre de un servidor. Es una lástima que no obtuve beneficio alguno fuera de la grata experiencia de ir a pasar por la ciudad, a través de los negocios más variados, al psiquiatra, y finalmente un rato en las oficinas del M.P. para denunciar. Durante dos horas de paciente espera pude escuchar un sinfín de historias. Iban desde un adolescente detenido por orinar en un pequeño árbol (el problema era que el acusado, el arbolito y su maceta estaban siendo transportados en la parte trasera de una “pick-up”, y el líquido voló hasta el parabrisas de un auto manejado por la esposa de un miembro de la cámara de diputados), hasta una madre soltera que acabó con la vida del doctor que había dejado mudo a su pequeño, en una operación de amígdalas. De seguro no era el que llevaba en brazos porque ese bebé lloraba que da gusto.

La gran mayoría de las personas mostraba rostros de enfado, pero si alguien se les acercaba con alguna duda, respondían amables y sonrientes como si sufrieran de personalidad múltiple. Este lo digo porque el psiquiatra que fui a visitar, me dio una explicación extensa de los síntomas de este padecimiento, una vez que me analizó por lo que les platiqué la semana pasada en Nuestra Identidad. Finalmente me tocó el turno.

Un hombre uniformado, de mediana edad y con aire autoritario, me saludo de una manera que él claramente consideraba amable. Me invitó a sentarme en una silla frente a su escritorio, el cual apenas cabía en el cubículo, siendo el único mueble además de un archivero en una esquina detrás del digno representante de nuestras instituciones.

Haciendo gala de mi amabilidad, en correspondencia con la suya, le informé que estaba ahí para levantar un acta por robo de identidad, al tiempo que coloqué una carpeta con toda la documentación probatoria. Le expliqué brevemente la situación conforme él hojeaba los documentos. A quemarropa me preguntó si quería “ejercer mi derecho de venganza” (creí que haría referencia al artículo de la ley que lo explicaba, pero no lo hizo). Me aseguró que podíamos encontrar a los hombres de las fotografías, que no eran yo, de las identificaciones falsificadas. Una parte de mi interior disfrutó un instante al imaginar a los delincuentes recibiendo su justo castigo, mientras la otra trataba de entender qué debería de responderle al oficial.

“Permítame mostrarle”, soltó mientras me ofrecía una hoja de papel en la mano, de manera que pude leer una lista que relacionaba partes del cuerpo humano con cantidades en USD. Acto seguido me explicó lo fácil que era su lectura: encontrar al tipo es una cuota fija, y ya en nuestro poder usted elige qué prefiere. Por ejemplo, pierna y brazo, haga la suma y verá que son ciento cincuenta dólares. Obviamente el servicio más caro es si nos lo quebramos completito. Usted puede estar presente o no, según sus deseos. “¿Eso no cuesta extra?” pregunté tratando de ocultar mi cara de estúpido, a lo que me contestó que sólo en caso de que tuviera yo un lugar especial adónde llevarlo, pero nunca les había pasado. Le pedí unos minutos para salir a hacer una llamada y saber qué preferían mis hijas del menú; me pidió ir al final del pasillo donde nadie me molestaría.

Seguí sus indicaciones encontrando una la salida de emergencia. Crucé por ella y me dirigí a casa para pensar bien la situación. Veremos si el día que regrese por mi carpeta de documentos tengo algo de dinero. Pensándolo bien, creo que la estrategia será dejar que ellos tiren mi expediente directamente a la basura, mientras yo espero los siguientes diez años a que me quiten del buró de crédito. De todos modos nadie querrá prestarle dinero a alguien como yo, mucho menos guapo que los tipos que hoy aparecen en mis variadas credenciales de elector.

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