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  • Fernando Helguera

NUESTRAS VERDADES

Actualizado: 3 de ago de 2020

¿Prefieres una mentira piadosa o la cruda verdad?


Ayer en la mañana tuve una situación difícil por comentar algo que, en teoría, no tendría por qué causar problemas. Contesté directamente a una pregunta que me hicieron. ¿El lector cree poder aguantar que le digan sus verdades? Me gusta decir la verdad, aunque la gente no tenga la culpa. De eso me hago responsable, pero en esta sociedad, que se nutre de verdades dudosas, me han sido imputadas fallas a la decencia que me parecen exageraciones. De antemano les agradezco la confianza de leerme para averiguar lo que desde mi poca experiencia tengo que decirles.


Diría yo que sólo podemos aspirar a la verdad máxima si llamamos a las cosas por su nombre. Esto no habría de ser problema para los demás, pero parece que me equivoco. La palabra verdadera es la que directamente transmite la información en un contexto emocional acorde a dicha información, de otra forma se puede tomar como agresión.


Expongo un ejemplo a manera de "test" lógico para explicarme mejor: Llego a una cita donde otra persona y yo tenemos que hablar a una distancia prudencial, pero cercana, sobre negocios. Su aliento es el de una coladera tapada de hace una semana, y pienso que yo podría estar igual. Como una pastilla de menta de la cajita que puse en la mesa, le ofrezco hacer lo mismo.


Tratemos de encontrar la verdad dentro de una serie de posibilidades; propongo al lector cruzar una lista de acciones con otra de reacciones, y encontrar cuales corresponden.

Las posibles acciones son:

1- Se lo digo con una sonrisa y comento que a estas alturas del día es bueno refrescar el aliento.

2- Se lo ofrezco con los ojos llorosos y la misma sonrisa, y no digo nada.

3- Se lo impongo con un rostro autoritario, con tono de voz severo. Evidencio su descortesía.

4- Se lo pido directamente, con cara de desconcierto y no lo miro a los ojos mientras todo sucede.

5- Lo hago sutilmente, acercándole la cajita, y mirándole a los ojos levantando un poco mis cejas.


Ahora las posibles reacciones son:

a- Sin levantarse de su silla, me da directamente una bofetada con el anverso de la mano.

b- Hace como que la virgen le habla.

c- Con una sonrisa toma una pastilla y refresca su aliento sin darle más importancia.

d- Se para, toma sus cosas ante tal afrenta y se retira sin despedirse. El negocio se ha caído.

e- Muestra profunda culpabilidad, se disculpa, toma la caja y arroja de golpe las pastillas restantes sobre su lengua. El negocio se ha cerrado exitosamente.


Sólo uno de los cruces expresa la verdad de forma cabal, de ida y vuelta, pero eso lo tendrá que descubrir el lector, así que no vale preguntar sin antes mandarme la combinación ganadora. Prefiero ocupar este espacio para mencionar cómo nuestro planteamiento se puede extrapolar a muchas otras situaciones y palabras de la vida diaria.


Si en un grupo social de mediana o poca confianza para mí, hablo a alguien de los presentes sobre sus tetas (no “bubis”), sus nalgas o culo (no “pompis”), sobre cierta persona discapacitada (no “persona con capacidades diferentes”), sobre un anciano (no “gente de la tercera edad”), o sobre un homosexual (no “gay”), estoy siendo totalmente verdadero mediante palabras que no son grosería. Pero ahora resulta que no; o soy políticamente incorrecto, o de plano soy un majadero.


Si damos rienda suelta a la susceptibilidad, nunca aguantaremos nuestras verdades y perderemos la lección. Ayer tuve claro que, si no tengo escrúpulos, digo lo que la gente quiere escuchar y me quito líos. Pero si quiero estar en el territorio de la verdad, cuando me vuelvan a decir: “¿te gusta cómo me quedó?”, expresaré mi agradecimiento por la confianza de haberme preguntado sin ser experto, y enfocaré la plática a cruzar posibilidades que respondan la pregunta.

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