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  • Fernando Helguera

NUESTRAS LENGUAS

Actualizado: 13 de sep de 2020

El origen de la independencia, dicho a gritos.


Leyendo en la página del gobierno federal (www.gob.mx) información de esa que, por ser tan importante, muchas veces no nos sirve para propósito alguno, me encontré con que en México tenemos una gran cantidad de lenguas nativas. Son sesenta y ocho. También en la página del gobierno federal, LITERALMENTE dice que “siete millones y medio de personas, diariamente utilizan su lengua para realizar toda clase de tareas, en toda clase de situaciones”. Guau.


En lo personal, mi lengua, la uso para tareas bastante normales… o cuando menos me imagino que la gente promedio desempeña estas mismas tareas con su lengua. Por ejemplo, para decir barbaridades, para el ejercicio del placer, para aliviar una herida, para separar hojas de un libro (con los dedos como filtro por supuesto, a menos que alguno de ustedes, queridos lectores, separe las hojas directamente con la lengua), o para expresarle mi falta de respeto a quien se la muestro.


Por si fuera poco, existen trescientas sesenta y cuatro variantes (una por día del año, más el día del no-tiempo) de las sesenta y ocho lenguas iniciales. Esto me lleva a pensar que cuando alguien dice “de lengua me como un taco”, puede estar refiriéndose a un sinfín de cosas diferentes, y por ello es un dicho que raya en la promiscuidad. Contrastando estos números con la inventiva nacional, no es raro pensar que en nuestra vida diaria todo se valga.


Abundan mensajes puritanos de personas que no están dispuestas a comprar en negocios que saniticen, que aperturen, o que particionen cosas, porque no están en los diccionarios de la RAE o de la Academia Mexicana de la Lengua, a pesar de ser palabras que no cuentan con sinónimos para su aplicación precisa. Así también hay quienes no aceptan que más de una lengua acaricie sus oídos, y no están pensando en que, en un futuro, todas serán lenguas muertas.


¿Acaso nuestra lengua actual no es una profunda deformación del latín? Gracias a lenguas que interactuaron con otras lenguas, hoy somos tan variados en el territorio nacional. De todos colores, digamos. Aquellos que no aceptan la palabra particionar ¿usan términos como apapachar? Quizás no deberían, porque apapachar es un champurrado de castellano con náhuatl, que durante siglos no fue reconocido por academia alguna. ¿O la aceptarán si la academia la da por buena?


Hay una disciplina muy elocuente que se llama “beat box”, y que podría tomarse como parangón de lo que sucede con nuestra lengua. Se pueden lograr cosas alucinantes y maravillosas, si no lo creen, pregúntenles a aquellos expertos que mueven masas articulando sonidos que nadie pueda imitar sin una debida y concienzuda práctica. No es necesario que la gente entienda lo que uno hace con su lengua, sólo que se sienta sorprendida.


Otra particularidad de la lengua es que nos separa en segmentos sociales. Los lenguas largas, las malas lenguas, las lenguas afiladas, las lenguas maternas, los lengua corta, los lengua viperina, y por supuesto, los que no tienen pelos en la lengua. De todos ellos, con los que más cuidado hay que tener es con los trabalenguas, porque te dejan sin palabras.


Yo sugeriría, para alejarnos de problemas de segmentación social, empezar por no ser lenguas y continuar por no llevar adelante argumentos que nos hagan mordernos la lengua. No importa qué tantas tareas podamos realizar con nuestra lengua, ni dónde ni cómo, lo más importante es considerarnos como hermanos mexicanos, pues de lo contrario, todas estas tareas carecerán de orquestación y nunca saldremos de la cubeta de los cangrejos.


A estas alturas ya tengo escaldada la lengua por la acidez de toda la información que viene en esta página oficial. Me retiro a hacer gargarismos, alegorías y aforismos, que me den tregua, pues así los podré dejar entretenidos un rato, evitando que llegue alguien de ustedes a seguir jalándome de la lengua con sus temas escabrosos.

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