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  • Fernando Helguera

NUESTRA VIRGENCITA

No te hagas el que la virgen te habla.


Una vez fui contratado como arquitecto por una familia de chilangos ricos que querían una solución para su casa de fin de semana. El problema: se habían metido a robar repetidamente cuando ellos no estaban. Primera vez; cortaron la malla metálica y por ahí sacaron todo lo de valor, por lo cual ellos levantaron un muro alto y reamueblaron. Segunda vez; hicieron un túnel, pasando por debajo del muro, volviendo a vaciar la casa, ante lo que ellos hicieron una plancha enorme de cemento. Tercera vez; realizaron un gran hoyo en el muro, otra vez vaciándola.


Mis clientes no sólo carecían de trato con los vecinos, sino que los despreciaban y eso, para mí, provocaba que les robaran una y otra vez. Pensé en que, si algo respetaban los locales, así como la gran mayoría de la población mexicana, era a nuestra virgencita. Las estadísticas muestran que prácticamente nadie roba el 12 de diciembre, o cuando menos en ese lejano entonces perteneciente a finales del siglo XX. Propuse hacer un nicho en su acceso principal, donde colocáramos a la matrona vigilante, apostando a que sería suficiente. No son creyentes de la religión, pero sí del dinero, así que aceptaron a regañadientes. Nunca más volvieron a robar en esa casa y yo quedé como un ídolo sin haberlo pretendido.


En otra ocasión, una invernal, cuando me dio por tener mi primer matrimonio, mi esposa llegó con un desconocido de aspecto humilde y lastimoso, que vestía con una playera y en calzones. Ella me explicó que lo habían asaltado y era fuereño. Él contó que un día cayó de un árbol y quedó paralítico; prometió a la virgen que, si lo hacía caminar, la visitaría en su casa. Un año después, con unos pesitos, sin conocer la ciudad, con catorce horas de viaje, y habiéndose bajado del tren, preguntó a una persona cómo llegar a la Basílica. Ésta le dijo, pero se cobró con todo lo que llevaba menos los calzones. Caminó así para verla, pero se perdió y nadie le ayudó hasta que mi esposa le consiguió la playera. Se bañó, le dimos de vestir y de cenar (tenía tres días de ayuno), lo llevé al tren, y lo puse de vuelta a su pueblo, asegurándole que la virgencita se había dado por visitada.


Claramente es inútil decir a qué virgencita me vengo refiriendo pues los mexicanos laicos o creyentes, ricos o pobres, de un municipio o del otro, lo aceptemos o no, somos todos guadalupanos. Hay quien dice que es una simple imagen sincrética, o quien argumenta que es la misma virgen María encarnada en piel morena. Algunos pretenden demostrar que los habitantes prehispánicos adoraban a una diosa con manto de estrellas y muchas otras características de la virgencita, cuando otros aseguran que el manto de Juan Diego fue su primera representación. Lo que es un hecho es que, cuando uno va por el extranjero, toparse con un altar dedicado a ella dilata el corazón. No creo que pase igual con el lábaro patrio, que más bien dilata el nacionalismo, o con el tequila que hace lo propio con el hígado. El mariachi dilata la borrachera de tequila, la “sele” dilata la garganta y los pulmones, pero nadie más dilata el músculo cardíaco.


Recuerdo que la virgencita hizo rico al abuelo de un amigo, que llegó con una mano adelante y otra atrás desde Europa, y fue quien hizo los primeros baños para visitantes y peregrinos que iban a la Basílica, ofreciendo una ducha a quienes querían llegar bañaditos. No hay que ser muy perspicaz para ver que aquí, la figura matriarcal es mucho más importante que la patriarcal, a pesar del aberrante y famoso machismo mexicano. La Catedral nunca será tan importante como la Basílica.


Ahora, aprovechando el cumpleaños de la Guadalupana, iré a poner un nicho con su imagen justo en la puerta de mi cuenta bancaria, a ver si deja de tener hoyos por donde todo se sale repetidamente, y entonces comprar indulgencias para llegar al paraíso a pesar de mi característica y herética personalidad. Con ello, estoy seguro, a mi arribo podré encontrarme con mi amigo de Tabasco y disfrutar de que ahí todos andaremos en calzones y sin pasar frío; incluso en cueros.

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