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  • Fernando Helguera

NUESTRA PAZ

Ni conquistar ni ser conquistado.

Estoy leyendo un ensayo de historia que demuestra cómo la sociedad actual es la más pacífica que haya existido. Hoy en día es impensable que Francia invada Inglaterra, Australia conquiste Nueva Zelanda, Brasil se anexione Bolivia, Paraguay y las Guyanas… ojo, no digo que no haya trancazos por aquí o por allá, digo que hoy prácticamente nadie vive con miedo a que su ciudad o pueblo sea ultrajado, saqueado y quemado, como sucedió durante milenios en la humanidad.


En México, como en el mundo, se mira el discurso antiviolencia por doquier. Toda manifestación debe ser pacífica, aun cuando reciba agresiones de personas y medios de comunicación. Si una manifestación no es ordenada y pacífica, de acuerdo con lo que dicta la sociedad contra la que se manifiesta, no hay lugar para la paz de ninguno de los lados. Por otro lado, hay quien dice que el discurso de paz, violenta.


¿Cómo iba a ser de otra manera? Volteo a los juegos de la infancia, y no recuerdo haber estado con mis amistades y que alguien dijera “¡oigan, ya sé, vamos a jugar a la paz!” El monopolio, quemados, policías y ladrones, las traes, escondidillas, todos llevan un deje de competencia o agresividad. A las canicas, uno puede perderlo todo. Y ¿Qué tal cuando jugamos al “doctor y la enfermera”? no se puede decir que sea un juego de paz precisamente. Más de una vez jugamos a la guerra con armas de plástico y toda la cosa. Incluso jugar a la comidita o a la mamá con la escuincliza, implica que mamá debe dar coscorrones a quien no se coma su plato de pasto y tierra, completito. Pareciera que la paz es aburrida.


Recuerdo a un querido amigo que, siendo cineasta, tomó una cámara de video con cierto (pequeño) parecido a una pistola, y se aventuró a ser parte de una marcha por la paz que recorría Paseo de la Reforma. Miles vestían de blanco, había coronas de flores, y el amor era una cosa desbordante. En cierto momento, él se colocó de frente a la vanguardia y se lanzó en contrasentido, apuntando a la gente con la cámara. La concurrencia respondió, sin dudarlo, como si se les apuntara con una pistola a la cara. Mi amigo se salvó de ser linchado, pero no de ser insultado por provocador con inclinaciones asesinas reprimidas. Creo que si se salvó fue porque no querían ensuciarse de rojo la ropa blanca, nomás por eso, por hipocresía.


Con estos antecedentes no es de extrañarnos que, para lograr la paz en el país, a un presidente se le ocurriera organizar la guerra contra el narco. Ahí se le fueron las cabras, pues podría haber llamado así a una telenovela o película, y hacerse de mucho dinero sin necesidad de echar mano al negocio de los hidrocarburos, que está tan controvertido.


Otro ejemplo que me deja ver que la paz sin la guerra no existe, surge de una ocasión en que puse mi puesto de artesano en Guanajuato. En ese entonces contaba con unos 15 años, greña, camisa bordada oaxaqueña y guaraches de cuero; aclaro que me bañaba a diario y no usaba pachuli, pues nunca me gustaron los extremos. A mi lado brillaba por su ausencia Juan, y llegó otro disque hippie a ocupar el espacio vacío. Cuando apareció el “dueño” de ese pedazo de banqueta, se acabaron agarrando a golpes como cualquier otro ser humano decente. Entendí que el “amor y paz” que pregonan no es como parece. Recogí mi puesto, fui a la peluquería, compré ropa negra, me puse dos aretes en la misma oreja (no tatuajes, no aretes en otro lado, no me gustan los extremos), y a partir de ese momento cambié de hippie a darqui.


Hoy por hoy, haciendo caso a las enseñanzas que pululan en las redes, he decidido que mejor me estoy en paz conmigo mismo. No más luchas internas. Es más, cuando se trate de entablar relaciones con el sexo opuesto, de categoría romántica, no pretenderé conquistar ni ser conquistado. Mejor me limitaré a anexionarme sin ser invadido, a incendiar el momento sin saquear los sentimientos propios o ajenos, y a hacer el amor y no la guerra, aunque sin intenciones de índole sesentera. Seré el yo más pacífico que haya existido y entonces sí dejaré de darles guerra, gente lectora.

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