La pura piña...

Con ustedes no hay manera.

En mi visita semanal al súper mercado, cosa que parecería rutinaria, mecánica, o cuando menos aburrida y sin chiste, confirmé que todo está en cómo uno decide reaccionar a lo que le sucede. En México sobra y basta con dirigirle la palabra a alguien para que surja una historia, y no es que fuera con intenciones de socializar o forzar las situaciones, pero lo que pasó, pasó.
Habiendo bajado de mi auto, a unos cuantos pasos me encontré con don Gerardo, un señor de edad con quien, a lo largo de los fines de semana, he ido haciendo una relación que hasta ese momento yo creía superficial. A falta de estar lavando un auto o vieneviniendo a algún conductor de salida, empujaba un tren de carritos para ponerlos en la entrada. Nos saludamos y detrás de mí vio algo que le llamó la atención, estaba por voltearme a ver qué era cuando me interrumpió pidiéndome que me llevara yo los carritos ya que iba para allá. No supe si bromeaba, pero mi duda se resolvió con su rostro determinado en tan solo un instante. “Lo que hace la chingada confianza”, pensé mientras me dirigía a la entrada empujando la gota gorda. Mientras me acercaba con los 15 carritos y mi esfuerzo por delante, pensé que alguien imaginaría que mi compra iba a ser algo cara ese día, pero al parecer quienes estaba ahí creyeron que era yo uno de los trabajadores del estacionamiento, porque lejos de inmutarse por verme llegar con tal carga, un señor de mucho porte me dio el suyo sin preguntar, cosa que acepté; ¿quién soy para contrariar a la clase pudiente?
Ya adentro pasé a frutas y verduras. Vi que sólo había una última piña por lo que fui rápido por ella y en eso se me acercó don Jorge, el encargado, preguntándome por qué ya no había recogido el eneldo que me debían de hacía semanas. Le di una explicación de las recetas de las últimas dos semanas, donde claramente no aplicaba el eneldo, y haciendo gala de su experiencia asintió. “Mire don Fernando, si gusta llevarse otra cosa yo le digo a la cajera que lo pase, no se preocupe”, dijo mientras echaba en mi carrito otras yerbas y un poco de jengibre. Claramente había entendido lo que necesitaba.
Cuando me despedí de él me di con la sorpresa: ¡la piña ya no estaba en mi carrito!, y de último momento vi que una gringa ya mayor la tenía en el suyo y desaparecía dando vuelta en el pasillo de los vinos. Fui tras ella. Me acerqué y apuró el paso frente a los quesos, me apresuré pero al dar la vuelta vi que había avanzado bastante. Cambié de estrategia y me escondí en el pasillo de las escobas, logrando que se relajara al no verme. La seguí sigiloso a la zona de las toallas donde se distrajo preguntando algo a dos empleados. En un movimiento maestro sustraje la piña y me fui corriendo hacia mi carrito nuevamente. A lo lejos sólo escuché como decía “what the fuck!”
Algo agitado llegué a pescadería y pedí atún ahumado pero que secaran la superficie del envoltorio y ahí pegaran la etiqueta, sin meterlo en una bolsa extra de plástico. El empleado dijo que no por mi bien, porque iba a escurrir y mojaría la compra. Como sé que eso no es así estaba por decirle que no se preocupara, pero su destreza me ganó y en un instante ya lo había empacado con una cinta extra que, además, volvía inutilizable la bolsa. Me lo entregó con una sonrisa de satisfacción y amabilidad genuina que me desarmó... así no hay argumento ecologista que valga.
Llegué a la caja finalmente y le dije a la señora que empaca, que yo lo haría porque no traía para darle. “Justo es lo que decíamos” dijo viendo a la cajera y ambas sonrieron. “¿Qué no tienen algo mejor de que hablar, que de hombres?”, y en eso vi que en mi cartera traía uno de veinte. “Qué cree, que sí traigo”. Ah, ahora sí ¿verdad?, ya le agarró la culpa, dijo divertida, y la cajera acompañó “¡no pues el señor sí es todo un hombre!”. Casi le doy a ella también pero se habría visto mal.
Caminé cargando mis bolsas y al llegar a mi carro don Gerardo lo había lavado; ya sabe qué tan sucio ha de estar para lavarlo, como cuando el mesero sabe lo uno toma. Le pagué la lavada y de ahí tomó una moneda para darme propina por lo de los carritos. No cabe duda de que lo justo es justo, así que la tomé como mi ingreso del día y me despedí con agradecimiento. A lo lejos vi a la gringa atisbando al horizonte ¿en busca de un taxi o de una piña perdida?



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