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  • Fernando Helguera

LA PARCA EN LA CASILLA

Voté por primera vez a mis 18 años, cuando se elegía presidente en 1988, cuando inició el peor fenómeno que ha sacudido a nuestro país después de la Revolución Mexicana de 1910. Lleva más de 30 años de proceso; ha sido un camino cuidadosamente orquestado en el que los diferentes gobiernos han tomado su lugar, participando gustosos y obteniendo sendos beneficios.

La primera vez que no vote desde entonces será en estas elecciones. No pude viajar a mi domicilio oficial para ello, y de haber podido habría sido para algo más productivo que ir a una casilla. Estoy profundamente decepcionado del sistema político, como todos con quienes hablo. En 2018 pude ver, gracias a mi participación intensa y directa en proselitismo y actividad política ciudadana, incluso inscrito en la boleta de votaciones para una regiduría de la alcaldía de Cuernavaca, extremos insospechados (que ya es decir) de podredumbre.


Para la presidencia municipal ganó una silla vacía, pues la gente votó por el partido que, al entrar, castigaría a los ladrones de siempre, pero no había candidato porque no se lograron poner de acuerdo en el partido salvador; pusieron al de un partido aliado pero no podía por condiciones de ilegalidad, y entonces subió al poder el suplente que ni se la esperaba porque andaba distraído, situación que parece no haber cambiado mucho, a juzgar por el estado en que se encuentra la ciudad y su ciudadanía.


También se dio el caso en que ganó un alcalde para Amacuzac, que estaba preso, ni más ni menos, que por cargos de narcotráfico. No importa el partido, todos somos responsables directos de esto. Usted y yo también.


A cualquier grupo de poder conviene que la sociedad se encuentre desmembrada, atomizada, que los individuos sean precisamente eso, individuos (y no grupos), y tengan muchos motivos para pelear entre ellos. Chairos vs. fifís, ateos vs. creyentes, prosistema vs. conspiranoicos, profesionistas vs. obreros, pobres vs. ricos, todos contra todos… y han logrado tal maestría en generar conflictos y distracciones, que nadie se da cuenta de que nos comportamos exactamente igual sin importar al bando al que pertenezcamos. Nos rige la intolerancia y la agresión a lo diverso. Les conviene que tengamos terror a perder lo material que hemos acumulado, a morir, a los virus, al prójimo, a la crisis económica, a no ser aceptados… No importa si el gobernante nos cae bien o mal, si es guapo o que es decrépito: La persona en soledad es infinitamente más susceptible a ser manipulada y sometida, que si pertenece a un grupo organizado.


Vayamos un poco más allá, la democracia hace que las decisiones sean tomadas por la mayoría (relativa o absoluta), sólo por ser muchos jalando para el mismo lado. No importa si estamos jalando la carreta al precipicio. La democracia es muy seductora, nos da permiso de ir un día a votar y luego abandonar al país a su suerte, mientras nos quejamos todo el sexenio. NO, trabajar y dar trabajo, ser profesionales, ser honestos y ayudar a los necesitados, no cambia la situación política de un país. Ser un mexicano ejemplar no pasa del ámbito individual, siendo que la política es grupal; la política es grupal porque es la manera de tomar las decisiones del rumbo que seguirá una sociedad, y debe venir acompañada de mecanismos de control de procesos resultados.


Es muy cómodo pensar que, por esforzarme en lo individual, tengo autoridad para no hacer nada más que quejarme de lo que hacen las personas a quienes di mi consentimiento para tomar las decisiones por mí, incluso sin preguntarme, incluso con el descaro de yo no acercarme a ver qué están decidiendo. De cada 10 a quienes pregunto quién es su diputado local, aproximadamente sólo el 0.3 lo sabe... Eso habla de una grave inmadurez política nuestra. Y su objetivo es: “ladra y ladra hasta el cansancio y ya no tendrás energía para luego poder morderme”.


Mi manera de votar es escribir. Denuncio a una sociedad, conmigo incluido, en que decidimos ser apáticos al grado de criticar a muerte al único gobierno con rasgos diferentes, porque no es el cambio tal como lo queremos. Si queremos un cambio muy específico, perfecto, hagámoslo, o si no, entonces guiemos el cambio que tenemos en las manos, aunque no nos guste. Criticar y hacer corajes no sirve en absoluto. Pretender que regresen los que estaban, así de sucios y terroríficos, porque simplemente el cambio nos requiere de lleno para suceder, es lo más triste de todo.

Mi manera es no ir a votar porque no creo más en que mi voto sirva para cambiar algo. Si no puedo supervisar y dirigir a un gobierno, tampoco lo podré hacer con el otro. Cualquiera que gane será parte del mismo sistema y yo lo que quiero es un cambio de sistema. No iré a las casillas porque consentiría que se burlen de mí.


¿Y si nos enseñaran desde niños a ser proactivos y vivir como seres políticos? nos dicen que votando seremos libres, que les demos nuestro voto, cuando incluso la libertad es un concepto dudoso (propio de otro texto, no de este). No se ha encontrado un ser humano totalmente libre en la historia, lo cual no es necesariamente malo. Tampoco se ha encontrado un caso en la humanidad donde la sociedad, votando, se haya liberado del yugo de sus gobiernos. Una cosa es que estemos de acuerdo con la correa que traemos puesta, y otra cosa es que no la traigamos.


La anarquía me gusta más que la democracia. La anarquía tan criticada que, usando muy pocas palabras, no es más que el sistema en el que la persona se autoregula para tomar las decisiones que benefician al grupo, ha sido desvirtuado y criticado por los demás sistemas, a quienes, por supuesto no conviene esta idea, porque significa su extinción, haciendo creer a la gente que se trata de que cada quien hace lo que quiere, pero para su propio beneficio. Ciertamente la humanidad está en pañales, conformada por individuos que mínimamente podrán autoregularse en este aspecto, si ni siquiera pueden autoregular sus emociones más básicas. Por lo anterior hay que ser más realistas, y pensar en otra forma en que hoy se pueda gobernar al ser humano sin caer más en lo que sucede, donde unos más que gobernar, someten a los demás a sus decisiones y, claro, intereses personales.


¿No es extraño que ninguno de los seres humanos realmente sabios y geniales, sea parte de un gobierno democrático? La democracia aparejada con el sistema económico de libre comercio y crecimiento productivo ilimitado, en un mundo de recursos limitados, nos lleva a que las decisiones más importantes del mundo sean tomadas por los más ricos y menos sabios. ¿Viajar a marte con el presupuesto que permitiría sanear en gran parte al planeta que estamos destrozando? ¿Con el dinero que podría terminar con el hambre de millones de niños? Me queda claro que tener dinero no es sinónimo de inteligencia, ni siquiera en el menor de los grados.


Si contáramos con un sistema que proveyera de gobiernos desde la plataforma del conocimiento, como las universidades, y centros de estudios superiores y de investigación, otro gallo nos cantaría. Esto no suena a algo tan difícil de lograr, como lo sería la autoregulación del individuo ¿verdad? Entonces los votantes tendrían opciones de políticos con credenciales reales, con conocimiento, con vocación, y si en la ignorancia votamos por el que nos cae bien o tenemos otra razón fuera de la razón, de todos modos, los candidatos estarían capacitados. Una democracia como la que tenemos, y dentro de la que se vota en estos comicios, no deja de ser atole con el dedo.


No sé cuánto tiempo me quede de vida ni cuando moriré pero, si es perteneciente al sistema que hoy nos rige, ni de chiste quiero que me agarre la parca en la casilla.

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