Hablando de no tocar...
- Fernando Helguera

- hace 2 días
- 3 Min. de lectura
Siempre hay que dejar huella.

Paseando el otro día por un museo de arte moderno me encontré con una obra que, en realidad, descubrí cuando estaba cerca, era una trampa; una esfera metálica roja, de metro y veinte de diámetro, hecha a partir de muchas manos soldadas entre sí. Invitaba a que uno pusiera la mano sobre alguna de las “huellas”, pero en el piso decía claramente “NO TOCAR”. La gente se acercaba y, una vez que se aseguraban de que a su alrededor no había ningún custodio, ponían una mano sobre la huella que coincidiera en tamaño. Como si se activara una alarma insonora, de atrás de una mampara salía inmediatamente un empleado y regañaba severamente al transgresor. Cualquier persona sensata se preguntaría como yo ¿por qué mejor no electrifican la pieza para que la persona reciba el castigo merecido? Pero no, el sistema quiere humanos atemorizados, así que imprimen además una huella en la psique del visitante. No sorprende que, a partir de ahí, la gente, paranoica, volteara hacia atrás, arriba, abajo… buscando cámaras, en vez de disfrutar de las piezas de arte.
Desde pequeños nos enseñan a evitar el contacto con las cosas y personas, ya sea con nuestras manos o con otras partes de nuestros cuerpos, en especial si somos hombres. Una vez estaba con un amigo, tendríamos unos siete años, y habíamos pasado un rato tan divertido y espléndido que se me ocurrió tomarlo de la mano mientras caminábamos, así nomás de puro cariño. Acto seguido me soltó como si hubiera visto al demonio y me dio un zape de regulares dimensiones… a partir de ahí podrán ustedes imaginarse los apodos que sufrió un servidor. Afortunadamente no duraron mucho tiempo, cuando menos los relacionados a ese evento. Pero no es que los quiera llenar de historias o hacerlos empatizar con mi niño herido interior, son ejemplos tangibles, tanto como la esfera roja, que ustedes tienen permitido tocar para entender a lo que voy.
Tocar a los otros nos ayuda a entender quiénes son y cómo gozan o sufren, de una manera que no podemos captar si sólo nos lo dicen. Tocando podemos percibir el mundo inerte e imaginarlo como los ciegos, descubriendo verdades y evitando mentiras que pasan a través de los ojos y las palabras, por ejemplo, la descarga eléctrica mencionada; usted la imaginó con la intensidad que su cerebro le dice pero no con la que yo pensaba, y menos con la que seguramente el custodio habría querido reprenderlo… no hay como tocar para entender la realidad de ese choque eléctrico.
Ahora, ¿qué me dicen de los tiempos de pandemia, cuando había no sólo qué evitar el contacto físico, sino mantenernos a un mínimo de metro y medio de distancia del prójimo? Obviamente eso es insostenible en el tiempo, somos humanos y está en nuestra naturaleza tocarnos… lo siento, pero ahí les va otra historia: En el año nuevo del veinte al veintiuno mi entonces hija menor (no es que la mayor se haya quitado los años o algo peor, no se preocupen), estaba conmigo en una reunión pequeña, tipo pandemia, y como somos mucho de abrazar y dar besos, le dije que teníamos que hacer caso a su madre y mantenernos a distancia de las personas conocidas y por conocer. En cierto momento llegó Tanya, a quien nunca en mi vida había visto y nunca en mi vida podría olvidar, y cuando estuvo a mi lado lo primero que hice fue levantarme para presentarme dándole un abrazo y su respectivo beso en el cachete. Mi hija me miró con ojos de “ya entendí a lo que te referías”, y yo respondí levantando hombros y cejas.
Así es, estamos dispuestos a arriesgar el pellejo si de tocar se trata y no estamos mal. ¿Qué sería la vida si nuestras manos sirvieran sólo a fines utilitarios?, ¿por qué si ningún dios a lo largo de la historia ha incluido en sus mandamientos “no tocarás”, el humano lo hace un pecado capital? Sin duda habremos visto a unos moliendo a golpes a otros por poner la mano donde no debían. Lo invito a usted no sólo a tener más contacto físico con los demás, claro, guardando las reglas de la decencia y, si el caso levanta sospechas, usando guantes aislantes para evitar problemas eléctricos.



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