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  • Fernando Helguera

DE VILLANCICOS Y SALUD MENTAL

Para aquellos que se les queda pegada la canción.

Vengo llegando del supermercado y de darme cuenta de lo que puede suceder si uno no se pone aguzado. Desde la mismísima entrada hubo algo que llamó mi atención, y fue que el señor trajeado de vigilancia estaba particularmente agresivo en torno al uso, o desuso, del cubrebocas. Por un momento pensé que sería el hecho de estar obligado a usar prenda tan elegante, en el súper. Imagine usted ir a una boda y estar obligado a llegar vestido de futbolista, de bailarín de balé, de chofer del metro, o de arqui constructor. ¿Acaso estaría aplaudiendo de regocijo? No, más probablemente estaría haciendo sonar las campanas de Belén para evidenciar a los infractores.


Pasé, pues, a la sección de frutas y verduras, donde un alce me esperaba ansiosamente para ofrecerme desinfectante para estos alimentos. Me imagino que en este mundo tecnológico donde computadoras y máquinas robotizadas desempeñan cada vez más labores y cada vez más importantes, habrá muchos alces, así como hay humanos, desesperados por encontrar trabajo. ¿Para qué querría alguien un trineo con 12 alces de fuerza, pudiendo contar con uno eléctrico que va veinte veces más rápido, que trae vidrios automáticos, y que no deja caer heces por los aires? Si yo fuera ese alce, también estaría muy ansioso.


Fui entonces a la sección de leches y cereales. El panorama no era más alentador. Desde la entrada al pasillo vi a un empleado que, agachado, acomodaba producto en la repisa más baja, cosa que hacía espasmódicamente. Supuse que por las fechas, estaban dando trabajo a gente con ciertas inconveniencias motrices, en el afán de la inclusividad. No tarde mucho en llegar a donde él estaba, pues de esta sección sólo tomé un par de litros de leche, dándome cuenta de que el hombre lloraba. No tenía cara de tristeza ni consternación alguna, lo cual me asustó un poco, la verdad, así que apresuré el paso para ir hacia otro pasillo.


A estas alturas, los peces en el río estaban ya estampados en mi cerebro, por lo que me fui directito a la pescadería. Conozco de hace un par de años a Sergio, que siempre me atiende amablemente y algo ya nos hemos contado de nuestra vida personal. Cuando llegué al mostrador me miró con suspicacia, y su respuesta a mi saludo fue tan fría que estuve a punto de confundirme y llevármela en vez del salmón que fui a buscar. Sinceramente, no le sienta el gorrito de Santa Clos, estando tan flaco, moreno, serio y chamacón.


Sin darle importancia continué hacia los jamones, donde dos mujeres platicaban entusiasmadas. Me enteré, por chismoso nomás, de que sólo se ven una vez al año, en estas épocas, pues comparten una membresía del Costco y es cuando les toca renovarla. Se ponen al día, cantan uno que otro villancico de los que suenan en el súper y, en resumidas cuentas, se dedican a costcomadrear.


Las demostradoras de producto, todas vestidas con ropa roja de vivos blancos, hablaban en voz baja y actitud conspiratoria, y me ignoraron aun cuando era el único cliente que estaba frente al mostrador. Me miraban, no tenían interés alguno en disimular que estaban al tanto de mi presencia, pero no tenían intenciones de atenderme. La música me hizo visualizar a una muchedumbre de pastorcitos acercándose a mis espaldas para comprar sus embutidos, por lo que las apresuré a que me atendieran. Hice mi pedido rápidamente y volteé para verlos. No había ni un alma, además de las costcomadres a una decena de pasos.


Ya más tranquilo y con la pechuga de pavo en mi poder, me moví a la tortillería, donde quedé estupefacto ante los diseños navideños que estas mostraban. Campanas impresas, enanitos fabricando juguetes, el niño Jesús y su familia disfuncional… un despliegue de arte estacional. No llevé tortillas, ¿y si sabían a ponche o a mazapanes?


Se volvía insoportable para mí esta experiencia donde, para el momento, ya había recorrido un bosque de coníferas plásticas con esferas multicolores colgantes, y en la que me encontraba con empleados estresados, con sonrisas rígidas y artificiales, ojos grandes y llorosos de extremo nerviosismo, que no acompañaban a la boca en su sonrisa. Sentía que algo me llamaba a bailar al ritmo de la blanca navidad, y cuando me di cuenta ya tenía las manos alzadas, moviéndolas como agitando el viento. Miré a mi alrededor, pero afortunadamente no había conocidos que pudieran verme hacer el ridículo.


Así, queridos lectores, me dirigí para la caja y estando ahí se fue la luz; todo quedó en silencio. El alivio llegó a los empleados y los vi volver a la normalidad. ¡Los villancicos causaban el desequilibrio mental! Ahora he empezado mi proceso de desintoxicación con la esperanza de que “para abril o para mayo” el trauma haya pasado. Ahí les voy avisando.

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