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  • Fernando Helguera

UN ASUNTO DE VACUNAS

Cada quien con su autogol.

Algo que hago poco e hice ayer, es ver el futbol. Analizando lo que veía noté que mucho de la vida podría compararse con un encuentro deportivo. Irle a un equipo es una cosa de fe, tanto como creer en una religión y no en otra (sí, el budismo es una religión además de una filosofía, el new age es una más, etc.).


Otra forma de fe es la vacunación en fase experimental. Hay dos equipos en la cancha, el azul y el rojo. Uno es frío y calculador, sólo en apariencia, y el otro es impulsivo e incendiario, pero mucho es llamarada de petate. Ambos están sujetos a las mismas reglas. Una mitad del campo es el miedo y la otra, la indignación. Todos quieren meter muchos goles y ganar, por supuesto, también recurriendo al juego sucio.


Los espectadores le van a un equipo o al otro, pero todos están dentro del estadio, ya sea en las tribunas gritando su euforia, en la banca esperando a entrar en acción directa, vendiendo cervezas, o quizás de comentaristas, nomás haciendo argüende y amarrando navajas. De una u otra manera todos están involucrados. Ver el encuentro desde el hogar es como estar en el estadio.


Empiezan las hostilidades. El árbitro está vendido al equipo azul, sin duda, quienes quieren obligar a todos a vacunarse, pero el equipo rojo no se dejará fácilmente. Si bien al inicio los azules han logrado, desde su mitad de la cancha (la del miedo), convencer a muchos de los aficionados, de unirse contra los rojos ignorantes, no son pocos los que se resisten a confiar en el equipo del “stablishment”.


En un momento el equipo rojo dice que de nada sirve usar cubrebocas, que todo es mentira y no existe virus contra el cuál vacunarse, es falta dentro del área, por lo que viene un tiro penal. El azul anota un tanto ante la aseveración descabellada y sin sustento, pues los microorganismos, sí que existen. El partido está aún en sus inicios así que los rojos y sus seguidores están tranquilos ante ese gol en su contra.


Repentinamente los rojos se descuelgan por la banda derecha, librando a la defensa que ha dejado un hueco queriendo encerrar a todos y convencernos de no tocar al prójimo, ya no se diga abrazarlo o besarlo, pues nos contagiaremos y moriremos, o cuando menos nos enfermaremos de gravedad y tendremos secuelas eternas. El balón desde el campo rojo de la indignación es dirigido por el miedo hasta que uno de los delanteros tira un centro al área chica, donde el goleador del equipo aprovecha la necesidad natural del humano por el contacto físico, y de una “chilena” iguala el marcador. Los comentaristas evidencian estar igual de vendidos que el árbitro, alegando que ese gol es inválido, pues los rojos deberían de preocuparse por el bienestar del prójimo. Que se vacunen por el bien de los demás.


Como todo comentarista de deportes, hablan más rápido de lo que piensan; es su chamba. ¿Qué gobierno en la historia se ha preocupado genuinamente, por el bienestar de sus gobernados? ¿Los azules acaso no regatean a los artesanos, no evaden impuestos, no se corrompen, no priorizan sus intereses personales antes de los comunes, todo lo anterior siendo cosas que dañan al prójimo? Esto se convierte en autogol, acabando así la primera mitad dos a uno a favor de los rojos.


Durante el descanso hay animosidad en las tribunas. La barra azul odia a la barra roja por ignorantes y asesinos; los rojos desprecian, no con menos odio, a los azules por miedosos y manipulados. Corre la sangre. Salen los equipos de nuevo a la cancha.


El balón es de los rojos, quienes se encuentran en el campo del miedo. Inician con fallas en la estrategia, argumentando que la vacuna tiene grafeno y otros contenidos que convertirán a la humanidad en zombis, como si no lo fuéramos ya por medio del consumo, las redes sociales, las series de TV, y los dispositivos electrónicos. Dicen que, por medio de los besos, el sudor, o cualquier fluido corporal, los vacunados pueden contagiar a los no vacunados del mal del zombi. Es obvio, están ahora en el campo del miedo y los azules, indignados, aprovechan la oportunidad para empatar el marcador nuevamente.


El tiempo transcurre en el estire y afloje. La lucha es cerrada y sin más goles; parece que se irán a penales. Entre miedo e indignación, todos dentro del mismo estadio, agrediendo al contrario y asegurando tener la razón, y nadie considerando una realidad donde la salud reina y no la enfermedad, me contagian, pero de una flojera tremebunda.


Preferí no ver más cómo unos se sienten superiores a los otros queriendo ganar el partido, así que apagué la tele para otra larga temporada sin futbol.

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