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  • Fernando Helguera

UN ASUNTO DE PRIVACIDAD

Conejos con ejotes.

Esta semana hubo grandes movimientos en los servicios de mensajería digital. Con las nuevas políticas de la del circulito verde hubo sorpresa mundial, rasgado de vestiduras, correr de un lado al otro, especulación bursátil, y pánico bloguero; todo en aras de la privacidad. Consideramos que merecemos nuestra privacidad por el simple hecho de ser humanos; nadie podría decir que dos perros apareándose en público son impúdicos o amantes del exhibicionismo. Conocer el domicilio de una ardilla y tomarle videos no es delito alguno, pero ¿sólo porque no se queja por ello?


Veámoslo desde otra perspectiva: si un conejo se apareara como yo en la actualidad, a mi mediana edad, además de que nunca habría surgido el dicho de “coger como conejos”, sería estudiado por las peculiaridades en cuanto a las posiciones que adquiriera, los lugares de su preferencia, los juegos previos y posteriores al coito, y otras que no voy a mencionar aquí, porque no quiero dar rienda suelta a su morbo, queridos lectores. Sería estudiado, pero no habría un juicio moral hacia el animalito, aunque se comportara como un ser humano.


El origen de la necesidad acuciante de privacidad, parece ser el miedo al “qué dirán”. Supongamos que tengo una gran afición por decir palabrotas a todo volumen, haciendo versos con rimas arromanzadas. Ejercer dicha afición dentro del salón de clases, en la calle, en el supermercado, en la reunión familiar, o en cualquier lugar público, causaría juicios hacia mí. Cabe aclarar que la posibilidad de que un cazatalentos fuera pasando en el momento en que mis versos fueran dignos de valía, es una en un millón. Si me afecta la reacción de terceros, entonces busco mi privacidad.


Digamos que ya encontré mi privacidad: el espacio ideal donde sólo yo y mis invitados podremos ser testigos de tales asonantes recitales. Si cualquier otra persona siquiera se asomara a mi espacio, me sentiré invadido irremediablemente. Esa persona está obligada a respetar mi privacidad, que es mi derecho a ocultar lo que me afecta que los demás juzguen de mí, así como mi derecho a guardar la información que pudieran usar en mi contra.


La paranoia se apodera de algunos al grado de que, si se asoma a su espacio privado un animal, se sienten igualmente invadidos e incapacitados para actuar libremente. Mucho se ha hablado del papel del observador en los experimentos de física de los últimos cien años. Incluso las partículas que componen al átomo se comportan diferente, si son observadas o si no lo son, sin importar si el observador es una cámara electrónica o un ser vivo.


Habiendo llegado a este punto estamos preparados para la gran verdad… Nuestra amada privacidad es irrelevante. No queremos que una aplicación del teléfono le diga a su dueño dónde estamos, pero usamos un celular que, mientras transmita cualquier tipo de señal, está siendo rastreado. Escondemos nuestros comportamientos “raros”, pero si se trata de distinguirnos de las masas, somos capaces de exagerarlos y contarlos a los cuatro vientos (“yo estoy bien loco, véanlo”).


No queremos que la gente sepa de nuestra vida personal, pero mostramos imágenes con lo que comemos, lo que nos compramos, los lugares que visitamos, de quienes nos acompañamos, del auto que manejamos o deseamos, de los chistes que nos hacen reír, y todo aquello que compartimos trae la hora a la que lo hicimos. Nos abrimos por completo para buscar aprobación, y nos quejamos de perder la privacidad que evita ser reprobados.


Siendo sincero, ayer entré en paranoia con el tema de perder a mis lectores, quienes me aprueban o reprueban con sus comentarios (curiosamente, el 95%, en el chat privado). Descargué todas las aplicaciones de mensajería para poder hacer llegar mis publicaciones a los migrantes, y de esa forma, al extender por el mundo mi información, obtener mayor privacidad y tranquilidad. Nomás no le cuenten a nadie.

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