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  • Fernando Helguera

UN ASUNTO DE MADUREZ

Nunca es tarde para evitar madurar.

Ayer chateaba con una amiga de Monterrey y, en cierto momento, me escribió: “madurar es dejar de darle importancia a las cosas que nos hacen sufrir”. Lo anterior, sin dejar de parecerme verdadero, me llevó a cuestionarme acerca de cuál es el afán por madurar en esta vida. ¿Acaso podemos restar importancia a esas causas, sin tener qué madurar?

Algún tiempo después de que me divorcié por segunda ocasión, le dije a una amiga: “a pesar de tener treinta y cinco años, me siento como si tuviera veinte. ¿Eso es bueno o malo?”. Ella me contestó sin titubear: “Si lo veo como un amigo que quiere salir a tomar cervezas, está muy bien, si lo veo como alguien que te quiere como pareja, está de la chingada. Me parece que tendrías qué madurar si es que quieres volver a casarte”. ¿Cómo sabría mis intenciones? No me quiso volver a ver.

Desde mi juventud y hasta la fecha mi padre insiste en que debo madurar, que no hay que ser idealista; entonces ¿madurar significa perder los ideales en pro de un materialismo pragmático?, ¿o simplemente se refiere a que me corte barba y greña, deje de casarme y divorciarme repetidamente, pare de moverme de ciudad de residencia, y deje de atacar los dictámenes sociales?


Dentro de la confusión que ha ido evolucionando a lo largo de mi vida, en un momento decidí madurar de acuerdo con la obediencia ejemplar. Puedo recordar cuando decidí que sentaría cabeza y me casé por primera ocasión. Un día, mi siempre querido y entonces suegro QEPD, me comentó que al principio había creído que yo era muy joven e inmaduro para su hija, pero luego se había dado cuenta de lo contrario y que sí era yo alguien maduro. Seré sincero, algo me dice que ese comentario fue determinante para no seguir el camino que se esperaba de mí.


También me viene a la memoria el día en que decidí quedarme a pintar en Tepoztlán, donde vivía las mieles y amarguras de mi primer divorcio, en vez de ir al magno evento de presentación de la nueva imagen corporativa del centro de negocios de la Cámara Nacional de Comercio, misma que yo había diseñado en los últimos meses. El vicepresidente, quien me recomendó para ese concurso, casi me ahorca; no lo hizo, pero me retiró el habla durante años por haber fallado a “mi momento”, acto atribuible a mi falta de madurez diplomática. Yo, simplemente, ¡no tenía ganas de ir!

En otro episodio, ya dentro del proceso de mi tercer divorcio, y recién efectuada la mudanza número 23 de esta vida, fui a una representación teatral de un cabaret con amigos que estaba conociendo. De pronto me llamaron al escenario y, sin importarme, a los pocos minutos ya me había despojado de las prendas que me incomodaban para hacerle mi mejor “lap dance” a una de las actrices, y así ganarme un tequila por hacer buen papel. Entre aplausos me gané dos, no uno, pero lo relevante es que a mí no me gusta beber. Actitud de madurez, habría sido subir al escenario a tomarme la cantidad de tequilas necesaria ¡para ganarme un “lap dance” con la bella y joven actriz!

La sociedad nos obliga al virtuosismo: como hombre el súper papá, el gran hijo, el incansable proveedor, el mejor ciudadano, el incondicional amigo, el más mujeriego, el abnegado esposo, el mega arquitecto; como mujer la protectora madre, la dispuesta hija, la sometida trabajadora, la recatada y fiel, pero fogosa esposa, la intachable ama de casa, la hermosa modelo.

Finalmente llegó el momento de descubrir la irrelevancia, en cuanto a desarrollo humano, de esta obligación que nos imponen. A mis hijas siempre las he alentado a mantenerse libres e inmaduras, ganándome incluso que mi tercera esposa se refiriera a mí (eso sí, con todo gusto y amor de su parte) como “el niño Fer”. “¿Que el señor no puede estar en el brincolín con los escuincles? Pues vaya y bájelo usted, yo soy su esposa, no su mamá”. Eso sí, deseo que a todos se nos ilumine el camino y, si es necesario madurar, que maduremos bajo el concepto de mi amiga Euge, de forma que ya poco nos importen las cosas que nos hacen sufrir. ¡Salud y baile!

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