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  • Fernando Helguera

UN ASUNTO DE INSPIRACIÓN

Para quienes se alzaron, hoy, con el pie derecho.



A veces uno se levanta muy inspirado, pero, hacer algo desde la inspiración ¿significa que será benéfico, positivo, y de consecuencias favorables? La inspiración es deseable e incluso obligatoria para que nuestra producción sea respetable. Pensemos en Henry Ford inventando el vehículo automotor de combustión interna, o en Román Palomar componiendo El Mariachi Loco, o en Salinas de Gortari creando la estrategia para vender el país, ¿acaso no era gente muy inspirada?


Bien, yo, para escribir este texto, no lo estaba y mejor me puse a chatear; me encontré con mi amiga Itzel y platicábamos de situaciones como lo que significa para una almohada ser el receptáculo de las babas de su usuario durante toda la noche: ¿máximo cariño o animadversión?, o de los nietos de Alex Lora y los del perro negro y callejero. En un momento dijo que estaba inspirado.


Me vino a la mente un cuestionamiento ¿acaso estar inspirado significa pensar o decir idioteces que, en una primera instancia, parecen geniales, diferentes, o cuando menos, divertidas? Fue entonces que pude comenzar a escribir un relato dominguero como las Obviedades Ignoradas mandan. Me resultó evidente que la obligación que tenemos de estar inspirados es una tontería irrelevante en términos creativos. ¡Cuántas aberraciones se han hecho en nombre de la inspiración!


Veo a la mayoría de los famosos: arquitectos que encuentran a la musa inspiradora y hacen rascacielos cual grandes falos, depredadores del medio para obtener los servicios que necesitan; pintores en la fuente de la inspiración que, embriagados, pintan manzana tras manzana, autorretrato tras autorretrato, o gordos y más gordos; novelistas nadando en la miel de la creatividad, que narran historias burdas a través de escenas sexuales disque atrevidas, o de la acción, el suspenso y el terror; coreógrafos que, en un derroche de originalidad, impactan a su público a través del color y grandilocuencia; ya no me preocupo por estar inspirado.


Frente al simulacro de hoja que muestra la pantalla, estoy sin más intención que acomodar palabra tras palabra. Dictamine el lector cuál de las siguientes frases tiene la mayor inspiración:


“El pasar de las calles no es otra cosa que el transcurrir de mi culpabilidad, sobre el pavimento del horror de sus propias consecuencias, y se debe a que, de tanto caminarlas alrededor de la mesa de mi comedor, ya se habían enredado casi irrevocablemente.”


“La culpabilidad de mis enredos, no es otra cosa que caminar sobre el mismo pavimento donde mi mesa del comedor me cuenta, consecuente, el horror irrevocable de tener alrededor tantas calles sobre las que nunca paso.”


“El camino no es otra cosa que la consecuencia irrevocable de comer sin culpa, incluso sin mesa, cuando con el horror pasando sobre las calles, se nos cierran alrededor las posibilidades de salir de nuestro propio enredo.”


Por supuesto, han obtenido la respuesta correcta: NINGUNA. Pero no se sientan engañados, que una cosa es que las frases no cuenten con la inspiración obligatoria, y otra es que ustedes no puedan sacarles provecho. Mejor pongan a trabajar su cabecita, que no la tienen de adorno. Las creaciones más inspiradas de la historia han pasado frente a los ojos de una humanidad mayor o menormente, apática. La inspiración está sobrevalorada frente a la disciplina y el trabajo, porque estamos en una sociedad poco inspirada, donde los individuos esperamos que, nomás sentados en el sillón de nuestra sala, nos llegue la idea genial. A veces ahí también esperamos llegue nuestra alma gemela, el trabajo ideal, y todo lo que nos da flojera conseguir por nosotros mismos.


Ahora sí lo puedo sentir, ¡en este momento me está llegando la inspiración!, no puedo perderla. Los dejo en su casa, o posiblemente en su baño, y me voy a hacer algo de provecho para el mundo y no estos textos, que poco abonan a las posibilidades de la creatividad humana.

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