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  • Fernando Helguera

UN ASUNTO DE INFLUENCIAS

Actualizado: may 4

¡No nos dejen caer en la tentación!


Unos días atrás desayunaba en un puesto de quesadillas, solo, en una mesa en la que se alcanzaba a escuchar lo que platicaban mis vecinos. Yo llevaba un libro para disfrutar mi estadía en el sitio, mismo que no leí porque resultaban más interesantes sus conversaciones. He de confesar a quienes aún no lo saben, que soy bien chismoso, pero chismoso de closet, es decir que me encanta enterarme del chisme, pero no lo cuento. No puedo avalar que lo que escuché sea verídico, pero no necesita serlo.


El comensal de la mesa dos relataba a su acompañante las peripecias que había tenido que sufrir para sacar su pasaporte, pues ahora hay que hacer cita por internet, a diferencia de antes cuando simplemente uno llegaba a la oficina de relaciones exteriores y llamaba a un conocido que le resolvería el trámite de volada. Si uno no conocía a un conocido, pues se lo agenciaba por una corta. Ahora con lo de las citas, cuando ofreció la dádiva correspondiente, fue expulsado sin derecho a pasaporte en los próximos cinco años.

La pareja de la mesa cinco hablaba acerca de que tuvieron que trasladar a la abuela recién fallecida, desde el chipandeil hasta su casa. El local no podía permitirse el lujo de avisar del ataque cardiaco en brazos del fornido desnudista, así que hubo que falsear la muerte como si fuera en casa. El problema fue que en el trayecto los alcanzó un motociclista por el lado derecho, llamando la atención del piloto, quien frenó de forma que la abuela se fue hacia adelante como peso muerto, porque se le había pasado ponerse el cinturón de seguridad. Se la llevaron confiscada ya que su contacto estaba de vacaciones.

La niña de la mesa de al lado le decía a su madre que ya no quería ir a la escuela, que estaba harta de las clases en línea, a lo que la señora le contestó que no había problema, que ella conocía de hace años a un amigo de la SEP que le iba a ayudar a sacar su certificado. La pobre niña no tendría que sufrir ni un día más, lo doloroso de adquirir el conocimiento.

No podía ser una casualidad que todas las conversaciones se desenvolvieran alrededor del tema de las influencias, así que llegué a la conclusión de que, para ser mexicano verdadero, lo que se necesita es tener el contacto apropiado, no la sangre. Ya lo decía Chabela Vargas: “El mexicano es el único ser humano que puede nacer donde se le dé su chingada gana”; aunque ahora que lo pienso, ella, extranjera nacionalizada, lo decía en otro sentido.

La gente busca, y en muchos casos encuentra, a un conocido que la meta en fila para recibir una vacuna en fase experimental, que lo mismo puede prevenir una enfermedad, que dañar al usuario. Al margen, me resulta sorprendente la confianza del ser humano en las farmacéuticas, cuando es de las industrias más corruptas del mundo, que ya es decir. Han demostrado que, si algo les importa, no es nuestra salud. Regresando al tema, si no tenemos un padrino influyente, nos lo inventamos con tal de que nos dejen ir sin la multa.

Esta política del influyentismo encanta a los extranjeros, pues en su país no los dejan ni respirar, y entonces vienen acá y pueden hacer lo que se les antoje. El mexicano se siente obligado a gozar de una cartera de contactos que le permitan la supervivencia, sin embargo, de nada sirve en realidad ya que con una lana se puede salir del paso. ¿O acaso los favores no se acaban cobrando?

Pensé, mientras me terminaba la tercera de huitlacoche, que las Obviedades Ignoradas pueden ser publicadas aun con el mercado del libro en picada, ya que todo depende de poner a moverse a los contactos pertinentes. Me refiero a usted, lector dedicado al quehacer editorial, o a usted lector que pudo haberles perdido cariño a unos cuantos pesos. Dejémonos de rodeos y evitemos caer en la tentación, como la abuela de la mesa cinco, de quedarnos dentro de los límites del hedonismo irresponsable de sólo gozar de estos escritos, sin hacer algo por ellos.

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