Personas impresionantes.

¿Eres o te haces?

El otro día estaba con una amiga cercana que, entre muchas otras virtudes y atributos, tiene uno muy especial, ella sabe dejar de fumar en treinta idiomas. Así como lo leen. ¿Cómo lo hace? No tengo la menor idea y de ahí que estoy tan impresionado. De vuelta en mi casa pensé en todas las personas que nos hacen la vida diferente y, a veces sin notarlo, sólo las dejamos pasar. ¿Y si realmente las viéramos cuando las tenemos enfrente? Podríamos tener la oportunidad de sorprendernos más seguido y olvidarnos un poco de nuestra jaula mental.
A veces las sorpresas pueden ser agradables y a veces todo lo contrario. Una tía en segundo grado tiene la habilidad innata de leer el café turco y, aunque es de una precisión sobrenatural, sólo lo hacía por jugar. Un día vio en el sedimento que su hijita de tres años perdía la vida (mi prima un año menor que yo), y desafortunadamente unos días después se abrió por accidente la puerta del coche en movimiento y se cumplió la profecía. Nunca más leyó el café turco ni tuvo hijos.
No se trata de ponernos macabros ni mucho menos, pero es relevante que la gente que tiene dones impresionantes no siempre quisiera tenerlos. ¿Y si todos tuviéramos dones impresionantes? Un caso más optimista sucedió cuando uno de los albañiles más creativos que he tenido, se enamoró a primera vista de una querida amiga. Era la fiesta de mi cumpleaños y él, casado, ya con unas cervezas encima, le declamó su amor con una impecable poesía que a todos conmovió en lo más profundo. A ella no. Le pedí a sus compañeros que se lo llevaran ya, cosa que hicieron forcejeando mientras le gritaba que la buscaría hasta el fin del mundo. A medio camino se aventó por la ventana del vocho (esta vez sin abrir la puerta) y regresó corriendo a la fiesta. De pronto ya lo teníamos hincado ofreciéndole un ramo de flores silvestres que había recogido en su camino. Se había puesto de mi loción, pues primero pasó por mi baño. No sé qué le hizo pensar que la loción del arqui le iba a dar mejor suerte, pero se lo agradezco. Tuvimos que amarrarlo al sillón del vocho para llevarlo hasta su casa y entregarlo a la mujer. Nunca antes vi tal arrojo (del auto).
En otra ocasión fui a parar en los separos de la Cd. de Guanajuato en pleno Festival Cervantino. Aclaro que fue por defender una causa justa y olvidarme de salir corriendo, no por borracho ni por delinquir; a veces a uno le agarran mala fe. El caso es que llegué temprano y en la celda sólo había una persona, enorme, como de ciento veinte kilos y dos metros de altura, vestido en mallas y holanes: era el jefe de la estudiantina de la UG. Él sí que se había bebido la cantidad que se necesita para poner violenta y descontrolada a una bestia descomunal. Gritaba enojado mientras lo latigueaban con baldes de agua a través de las rejas. Se azotaba con las barras metálicas cada vez más fuerte. De pronto un policía le acercó su bandolina y le pidió echarse una rola, con lo cual la bestia puso cara de niño, y tomando el instrumento y entre la sangre de sus manos diluida en agua, cantó, con voz celestial. Hermoso. El comandante le dijo que lo dejarían ir si se comprometía a sólo cantar y no increpar a los turistas. Entonces me quedé solo hasta que empezaron a llegar los presos, uno tras otro, llenando la celda que ya no cabía un alfiler. Pero esa es otra historia.
Así como las personas anteriores, se cruzó en mi vida un hombre que parecía en sus tardíos cincuentas, que había sido sacerdote desde los dieciocho y hasta el momento en que se había enamorado. Era impresionante cómo encajaban, como se miraban él y ella… ¡El hombre tenía ochenta y seis! Había parado su envejecimiento treinta años antes, justo al enamorarse.
¿Se dan cuenta, queridos lectores, de que, sin un poco de detenimiento, todas estas personas habrían pasado de largo? Y nosotros, ¿ignoramos lo singulares que somos porque nos conocemos desde que nacimos y nos es normal ser nosotros? Llegó la hora de ver a quien tenemos enfrente y también de ver a nuestro propio ser; de darle la verdadera dimensión a las personas y no pensar así nomás que el prójimo está impresionarlo o menospreciarlo, para explotarlo, juzgarlo, tranzarlo, obligarlo a escuchar nuestras historias, convencerlo de lo chingones que somos, o simplemente, dejarlo pasar. ¡Muestra en tu manera de ser una persona impresionante!



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