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De regreso a clases.

  • Foto del escritor: Fernando Helguera
    Fernando Helguera
  • hace 28 minutos
  • 3 min de lectura

Nuestras más atroces actividades recreativas.


Durante la infancia me fue profundamente estresante, siempre, el primer día de clases. Me imagino que a todos, pero sé que lo veo así sólo por no aceptar que hay quienes son funcionales totalmente y pueden brillar desde el día uno a diferencia de un servidor, que necesitaba diez meses para acostumbrarse al martirio que significaba verse rodeado por una banda de salvajes en desarrollo, siguiendo a un grupo de tiranos que querían convencernos de cosas que ni ellos se creen. Para colmo me tocó asistir al estreno de The Wall (1982), con 12 añitos, y eso me llevó a actuar de una manera más reactiva, lo cual, obviamente, me trajo aún más problemas. Con el tiempo aprendí a anticiparme y tomar iniciativas antes de que sucedieran las cosas, pero eso fue hasta la universidad, por lo que me quedaban seis inicios de clases aún, toda la secundaria y la prepa.

Curioso es que, a pesar de esta educación que me costó tanto trabajo (fuera de algunas hermosas materias y grandes maestros que lideraron mi evolución académica), en el Colegio Madrid nos lograron enseñar el profundo orgullo de pertenecer a la comunidad, cosa que hoy en día sigue siendo una fuerza motriz en nuestro interior. ¿Cómo es que durante toda mi vida siga orgulloso de pertenecer a un sistema que nos enseñó a “bulear” a otros con tal de no ser los “buleados”? porque he de decirles que cuando hablo de salvajes, lo digo en toda la extensión de la palabra.

Nos recuerdo prendiendo los botes de basura en el recreo; aventándonos por las escaleras arriba de escritorios volteados a manera de trineos, a toda velocidad, hasta chocar con el muro de allá abajo; encerrando a la prefecta que, gracias a que abrió la puerta de un par patadas y a los lentes que usaba, así de flaquita y chaparrita, se ganó el apodo de “Batichica”; poniendo diapositivas pornográficas intercaladas con las de la clase de historia que estaba por presentarse; usando pegamento en la sentadera de las sillas de los compañeros. Una vez subimos un muñeco uniformado al balcón del tercer piso, y desde el patio un maestro le dijo, pensando que era un alumno, que se bajara de ahí… empujamos al muñeco que cayó ante la desesperación y un largo grito del maestro ¡NOOOOOOOOOO! Casi se muere, el maestro no el muñeco, pues todos sabemos que se necesita más altura para matar a ese tipo de muñecos. Las demás historias prefiero no compartirlas porque se ponen rudas y mejor que se las imaginen ustedes, seguro les parecerán más divertidas así, pues se parecerán a las que les tocó vivir.

Pero no los aburro más con travesuras de escolares, sólo quería mostrar el porqué del estrés… uno podía ser víctima de las más atroces actividades recreativas. Por otro lado, como decía, estaban los cuentacuentos. ¿Quién no escuchó historias como las siguientes? Sólo usamos el diez por ciento de nuestro cerebro (la neurociencia demuestra que usamos la mayoría de sus capacidades, otra cosa es que seamos medio estúpidos). Los humanos prehistóricos vivían hasta los treinta años (ese era el promedio por la mortalidad infantil, pero vivían setenta o más). Es malo dormir con plantas (el oxígeno que consumen en la noche es insignificante). Unos pocos cientos de europeos conquistaron México (los locales, ansiosos de librarse del yugo mexica, fueron quienes destronaron al Tlatoani). Los niños héroes y Juan Escutia volando envuelto en la bandera (nada de eso existió). Pero eso sí, se les olvidó decirnos que nos preparáramos para el regateo constante cuando vendiéramos nuestros servicios; que la genética determina el 50%, ya exagerando, de lo que nos sucede; que lo importante no es el conocimiento en sí, sino cómo lo utilizamos; que recolectar agua de lluvia y sembrar tus alimentos te puede dar más beneficios que simplemente ir al súper; que sí tienes tiempo para lo que quieras, el tema es tú aplicarlo en eso que deseas. Así muchas otras.

Entonces ¿qué es realmente el regreso a clases?, ¿la primera página de un libro en blanco?, ¿la oportunidad de aprender a resolver problemas que nunca hubieras tenido de no haber asistido?, ¿el placer de hacer relaciones para el futuro y así aprender a alejarte de esas personas para que ya no te sigan haciendo daño? Pero no, para no acabar de forma tan trágica, mejor diremos que es el trampolín para adquirir todo lo que se necesita en pos de un mundo mejor.


 
 
 

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